Entre el blanco y el negro.

No hay mayor compromiso con un paÍs que cumplir sus leyes y pagar religiosamente los impuestos establecidos, sin trampas ni cartón.

Dicho esto reproduzco dos artículos sobre la donación de Amáncio Ortega a la sanidad publica. Todas las ayudas son buenas, todos los buenos gestos son buenos, pero, si el pero de siempre, ¿son de verdad? o como dicen algunos ¿es postureo?.

Como escribo tantas veces, que cada cual piense por si mismo y valore.

(Pascual Ferrer Mirasol).

320 millones de euros es algo así como el pico sobrante de los últimos dividendos vinculados a Amancio Ortega, 1.256 millones. El gallego es el cuarto hombre más rico del Planeta, según la reciente lista Forbes. Esos millonazos de números revueltos suenan caóticos, incluso vagos, en una cifra inabarcable y rara, porque no es redonda. Amancio ha donado ese “extra” que colea para la compra de equipos oncológicos en todo el país, a través de convenios con las Comunidades Autónomas. Ortega emplea a casi 163.000 personas. Unos 2.500 puestos se crearon en nuestro país el año pasado para diseño, ingeniería, logística, creatividad, equipos comerciales, y un largo apabullante etcétera. La compañía, que no para de crecer, ganó 3.175 millones en 2016. Repartirá entre todos sus trabajadores otros 535 millones de euros, que se sumarán a sus respectivos salarios en concepto de primas, pagas de beneficios, comisiones, bonus, incentivos, y participación directa de los empleados en el crecimiento de los beneficios. Sí, no olvidamos la vergüenza global ligada al sector textil y que da para cien libros, pero con los datos en conjunto no hay réplica más contundente. Su donación ayudará a comprar 290 mamógrafos y aceleradores lineales para tratar parte de los 200.000 casos de cáncer que se detectan cada año en España.

No se puede odiar a Amancio, pero da miedo. Nos pone los pelos de punta que una persona tenga tanto poder económico que supere la capacidad de cualquier gobierno para solucionar problemas en un país. Ha creado en Galicia 15 escuelas infantiles, el año pasado las becas de la fundación de los Ortega enviaron a 500 jóvenes a EE UU y Canadá. Ha donado 40 millones a Cáritas para familias con necesidades, cuatro millones al Banco de Alimentos, 7 millones a Proyecto Hombre, 1,5 para una residencia de personas con discapacidad, etcétera, etcétera, etcétera. Los números marean y acongojan. Asusta que un donativo pueda resolver la asfixia del Salud y la obsolescencia de los equipos oncológicos. Solo hay que recordar la lucha del servicio de radiología de Alcañiz para que no nos colocasen un aparato de rayos obsoleto y de segunda mano hace un par de meses. No hubo forma humana de lograr una inversión digna del siglo XXI, y seguimos mendigando asuntos básicos. Cuando nos debatimos entre agravios territoriales, falta de especialistas, trenes del Pleistoceno, aulas de colegios en precario; cuando nos manifestamos por un estado de bienestar justo, por infraestructuras iguales para todos, por derechos tan básicos que sonrojan… gestos como el de Amancio Ortega cortan la respiración. Es una bofetada de realidad sin parangón. Y uno se alegra y a la vez se le cuaja la sonrisa. La generosidad crece tanto como la pobreza, y una desigualdad tan brutal que nos deja con el corazón helado. Amancio podría crear y administrar un país si quisiera. Solo con gestos como el de este miércoles a uno le hace sentir tan pequeño que teme desaparecer. Te encojes tanto, tanto, que temes ser aplastado por la globalidad en ese instante. Y tienes ganas de correr, correr lejos, como cuando te arrasa el caos de las rebajas y te escondes en un probador a ver si escampa. Esas sensaciones también las ha creado Amancio. Ahora son parte de nosotros, no solo en rebajas, ahora ya tenemos mid season sales. Pero imaginen que nos toca uno de esos aceleradores lineales para Alcañiz. Nuevito, made in China o donde sea. No se le puede odiar.

En mi cáncer mando yo.

A SIMPLE VISTA. PEDRO SIMÓN. 13 JUN. 2017

La historia es bien conocida y ocurrió hace mucho tiempo. El capataz de un cacique andaluz se dedicaba a comprar votos para su opción afín. Por mandato del señorito, iba de puerta en puerta visitando a los más humildes y les daba unas monedas si, a la hora de ir a las urnas, votaban por la opción señalada. Un jornalero cogió el dinero, se lo tiró al suelo al capataz y le dijo: “En mi hambre mando yo”.

El episodio aquel lo cuenta Salvador de Madariaga en un libro llamado España (1931) y hace referencia a la dignidad humana y a la suprema capacidad que tienen los sujetos (estén como estén) para no soltar las bridas de su destino y elegir hasta en la negación.

Decidir por otro es una invasión, una injusticia, una inmoralidad, una fría suplantación e incluso hasta puede llegar a ser un crimen.

Así, el hambriento manda (o debería mandar) en su hambre. La mujer manda (o debería mandar) en su cuerpo. El maestro manda (o debería mandar) en sus clases. El anciano manda (o debería mandar) en sus últimos días. Y yo creo que el enfermo oncológico, de algún modo, manda (o debería mandar) también en su cáncer. Sobre todo si hablamos de cómo combatirlo.

(…)

En la anécdota de Salvador de Madariaga, el cacique cometía la vileza de dar unas monedas a cambio de comprar voluntades. En el caso de Amancio Ortega, éste ha decidido donar 320 millones sin contraprestación alguna a la sanidad pública para combatir el cáncer.

Son dos ejemplos diametralmente distintos, pero hay quien se empeña en asimilarlos estos días en una equivalencia diabólica: proclaman que ese dinero no debe aceptarse. Debe de ser porque el hombre es millonario. Debe de ser porque nunca han visto, en el asiento de al lado del sofá, el gesto de un paciente cuando gana algo de esperanza. “Yo no quiero que se acaben los ricos”, me dijo una vez el padre Ángel. “Yo lo que quiero es que se acaben los pobres”. Pues eso.

Aquí no hablamos de privatizar nada. Sino de los 290 equipos oncológicos de última generación que ese dinero hará posible. Hablamos de Pilar, a la que le han diagnosticado un cáncer de los feos y nada le quita el miedo. De los que se salvarán y todavía no lo saben. Hacer política con todo está muy bien. Pero el argumentario se te viene abajo como un suflé cuando tienes delante a una madre que vive en la planta de Oncología Infantil del Hospital de Málaga y no tiene tiempo para gilipolleces: “Lo peor es cuando tienes a tu hijo aquí dentro, te tomas un respiro, sales, vuelves al cabo de unos días al hospital, preguntas por el niño tal o cual y te contestan que ese niño ya se ha muerto”.

Pienso en el clavo ardiendo al que se estará agarrando un padre después de escuchar la noticia de la donación, en los dedos que cruza una madre que ya casi no cree en nada, en lo que significa que alguien te mande una postal y un día te llegue. Y en todas esas voces maniqueas y autorizadas que (como aquel cacique andaluz) quieren mandar en el cáncer del enfermo, que le dicen a un paciente oncológico que no, que es una “vergüenza ajena” aceptar eso, que los 320 millones del empresario de éxito son repudiables; pero que luego (ellos sí) llegan a casa y todo está maravillosamente sano.

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