El sábado lei.

Bueno, pues como ambos artículos me gustaron pues los comparto con vosotros. Escuchar a gente informada y pensar en lo que dicen siempre nos aportan cosas.

España, el país más rico del mundo

José Luis Corral
05/11/2016

España es, o debe de ser, el país más rico y próspero del mundo. Solo así se explica que pese a la evasión fiscal, que se calcula en 55.000 millones de euros anuales, al enorme porcentaje de economía sumergida, que fuentes oficiales elevan al 25% del total de la actividad, y a los miles de millones de euros que en robos y atracos se han llevado los políticos corruptos en los últimos años, este país sea el decimotercero del mundo en Producto Interior Bruto y el trigésimo segundo en renta per cápita; y que, pese a los recortes de los últimos años, sigan funcionando, de momento adecuadamente aunque con carencias, la sanidad, la educación y las administraciones públicas.

Y como este panorama tan desolador no es nuevo, sino que ha sido así desde los tiempos de los Reyes Católicos, incluso mucho antes, pues España ha sido santo y seña de Occidente en casos de corrupción, y maestra avezada en pelotazos financieros, fraudes fiscales y evaporaciones monetarias, sólo cabe concluir que la riqueza potencial de esta tierra es enorme.

Tal vez por eso los españoles, conscientes, supongo, de las catervas de mangantes, rufianes, gorrones y vividores que pueblan el solar patrio, remedos patéticos de destacados personajes literarios de mayor enjundia como Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache o Rinconete y Cortadillo, no andamos demasiado preocupados por las fechorías de semejante tropa de saqueadores. Debemos de ir tan sobrados que ya nos parece normal, e incluso lo asumimos como una de las características definitorias de lo español, semejante desolación de las arcas del Estado.

Probablemente este desafecto general hacia las cuentas y los bienes públicos se deba a que desde hace siglos se ha instalado en la mentalidad general la idea de que lo que es de todos no es de nadie, y que lo nuestro sólo es aquello que poseemos porque lo hemos comprado directamente con nuestro dinero.

Así, nos parece normal el robo generalizado estilo Bárcenas, Pujol o Fabra, el expolio perpetrado en los ERE y los cursos de formación de Andalucía o los abusos del poder, con exministros como Morenés a la cabeza, capaz de firmar suculentos contratos desde el Ministerio de Defensa que dirigía hasta ayer viernes, con la empresa de armamento cuyo consejo de Administración presidía y, supongo, volverá a presidir.

Lo dicho, como consentimos que todo esto pase delante de nuestras narices, cabe imaginar que somos el país más rico del mundo. Porque de no ser así, seríamos tontos de baba.

Ausencia de conciencia fiscal

El lógico descenso de los ingresos públicos pone en peligro el futuro del Estado de bienestar

Cándido Marquesán
05/11/2016

El gobierno de Mariano Rajoy, producto de la abstención vergonzosa de diputados del PSOE, tendrá que ejecutar un recorte de 5.500 millones de euros por mandato imperativo de las instituciones de la Unión Europea (UE). Rajoy obedecerá sumisamente. Puede hacerlo mediante un recorte del gasto o con una subida de impuestos, pero la Comisión Europea (CE) se inclina por la segunda opción. Tal sumisión contrasta con la actuación de Matteo Renzi, que ha enviado a Bruselas un presupuesto que no solo no reducirá su déficit, sino que lo incrementará del 2% al 2,3%, con el argumento de que ha tenido que incrementar el gasto no previsto por inversiones, seguridad y refugiados. Mas, no quiero detenerme en estas diferencias de actuación frente a Bruselas. Lo haré en otra cuestión, que me preocupa extraordinariamente.

Parece que todos los sufrimientos acumulados en amplios sectores de la sociedad española por las políticas impuestas desde la UE, todavía no son suficientes. ¿Habrá algún límite a tanto dolor? En absoluto. Quieren más carne. Son implacables, dando muestras de una insensibilidad social. Quienes nos exigen son los que han construido e incentivado uno de los mayores latrocinios dentro de las fronteras de la UE. El cabecilla de toda esta cuadrilla de desalmados, es el ínclito Jean-Claude Juncker, presidente de la CE, que convirtió siendo primer ministro de Luxemburgo a su país en un paraíso fiscal, en el centro de la evasión fiscal y que imposibilita la lucha contra esta plaga. Por ello, se debería expulsar de la UE a Luxemburgo.

Hemos conocido que la multinacional estadounidense Apple ha de pagar a Irlanda 13.000 millones de euros, más intereses, por haberse beneficiado entre 2003 y 2014 de rebajas fiscales que distorsionaban la competencia. Otras compañías, como Starbucks o Fiat-Chrysler ya fueron sancionadas. La sanción no es firme, pues tanto Irlanda como Apple ya han anunciado que recurrirán la decisión.

Irlanda tiene un impuesto de sociedades de los más bajos, pero según las pesquisas de Bruselas, para Apple no era suficiente con ello, así que pactó con Dublín para beneficiarse de una rebaja mucho mayor para pagar solo el 1% en impuestos por sus beneficios de 2003, tasa que fue reduciéndose hasta el 0,005% en 2014. Al año siguiente, ya bajo la lupa de Bruselas, Apple modificó su estructura fiscal, pero ya era tarde. Este descubrimiento es producto de la determinación de la actual comisaria de Competencia, la danesa Margarethe Vestager. En cambio, la excomisaria de Competencia Neelie Kroes ha criticado la medida. Mas, esta práctica de Apple está muy extendida en la mayoría de las grandes multinacionales en la UE, incluidas las españolas del Ibex 35. Es un ejemplo de deslealtad fiscal por parte de determinados países de la UE con sus socios comunitarios. Varios países –como Luxemburgo, Holanda, Irlanda y Bélgica– son auténticos limbos fiscales, aprovechados por las multinacionales. Procedimientos que son legales, aunque poco éticos, y que estarían encuadrados como elusión fiscal, distinta a la evasión fiscal, que sí es un delito. De esta última sabe mucho la City londinense, que depende en gran medida de las transacciones financieras procedentes de los paraísos fiscales, como también del blanqueo de dinero del crimen organizado.

La situación tributaria de la UE me recuerda la época del Antiguo Régimen, previa al estallido de la Revolución Francesa, ya que los estamentos privilegiados, la nobleza y el clero, estaban exentos de impuestos, por lo que el sostenimiento del Estado recaía en el Tercer Estado. Por cierto, la chispa del estallido de la RF fue la cuestión fiscal.

Tales prácticas tributarias son extraordinariamente dañinas. Competencia desleal con otras empresas. Un ataque a los cimientos de nuestro contrato social, que debilitan la conciencia colectiva de nuestra ciudadanía.

El lógico descenso de los ingresos públicos pone en peligro el futuro del Estado de bienestar o modelo social europeo. Un dato nos dará una idea de esta injusticia fiscal. En España el 85% de lo recaudado por Hacienda provino de las familias, mientras que las grandes empresas –nacionales o extranjeras– solo aportaron el 4% del total.

Siendo esto tan claro sorprende la pasividad de la sociedad europea. El neoliberalismo ha sembrado en la conciencia de muchos europeos una impotencia reflexiva, es decir, son conscientes de que las cosas andan mal, pero que no pueden hacer nada al respecto. No obstante, deberíamos ser conscientes de que cada céntimo que se deja de tributar a los estados lo vamos a tener que poner nosotros para pagar los hospitales, escuelas y carreteras, o resignarnos a sufrir su degradación. Para hacer frente a este resignación Stuart Holland, autor del libro Contra la hegemonía de la austeridad, nos hace unas recomendaciones: no votar a los políticos que evaden o eluden; no comprar a empresas que no pagan todos sus impuestos –con trucos legales o ilegales– allí donde tienen sus ingresos, por medio de boicots como el que ejecutaron los británicos contra Starbucks hasta que, por fin, la multinacional se dio cuenta del daño a su reputación y decidió pagar todos sus impuestos al fisco británico.

Aunque Stuart reconoce que los políticos no tienen ningún interés en perseguir la evasión fiscal, ya que se benefician de ella. Un buen ejemplo es Jean-Claude Juncker. H

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