Barreré de España a los corruptos

La corrupción es común a los partidos, directamente proporcional a su participación en la política de gobierno

 

Tras los resultados de las elecciones del 26-J muchos se preguntan: ¿Cómo es posible que un partido salpicado con tantos casos de corrupción haya ganado las elecciones? La pregunta está más que justificada.

No viene mal mirar por el retrovisor al pasado. En las elecciones generales de 1996 Aznar ganó aGonzález. Conocidos los casos de corrupción en el debe socialista en la legislatura anterior, en su campaña el PP hizo hincapié en la lucha contra ella. Por ello, en su programa en el apartado III.Fortalecer el Estado de Derecho y las instituciones democráticas, lleva un capítulo 7. Impedir la corrupción, que merece la pena ser leído. Entre otras cosas, señala que la corrupción es el peor de los males de una democracia. Si en España se ha producido es porque los socialistas han suprimido los instrumentos de control que preservan a las sociedades democráticas del abuso de poder. El problema de la corrupción tiene soluciones. El Gobierno del PP reformará la Ley General Presupuestaria, la Ley de Régimen Local y el Tribunal de Cuentas. Regulará la publicidad de contratación del sector público, para dar transparencia. Reforzará la Intervención General del Estado. Y erradicará todas las prácticas de financiación irregular de los partidos políticos. En una sociedad democrática no debe haber zona sin responsabilidad. Surrealista.

La financiación ilegal del PP que explotó con Bárcenas, se forjó en la década de los 90. Por eso,Martínez Noval, del Grupo Socialista del Congreso, le espetó a Aznar en la sesión del 10 de marzo de 1999: “Estando en la oposición usted recordará que utilizaba muy a menudo el discurso de la regeneración democrática. La frase que mejor recuerdo, la más resonante era aquella de que usted iba a barrer de España a los corruptos”. Respondió Aznar: “Por muchos errores que se cometiesen ahora o en el futuro en la vida política española jamás se podría igualar o superar lo que ustedes llegaron a hacer en la vida política española jamás, ni acercarse… Tal respuesta le sirvió de pretexto a Javier Pradera, para escribir: “Queda así expedita la vía para que los militantes desvergonzados del PP interpreten las palabras de Aznar como un guiño cómplice que les invita a usar sus cargos en la Administración en beneficio propio o para la financiación irregular del partido siempre que no hagan ruido y no superen las marcas de corrupción dejadas por los socialistas tras sus 14 años de gobierno: ¡Todavía hay margen para enriquecerse, compañeros! Sus correligionarios siguieron las recomendaciones de su líder a rajatabla.

NO ES FÁCIL VOTAR a un partido libre de culpa. La corrupción es común a los partidos, ya que es directamente proporcional a su participación en la política de gobierno. Ya viene de lejos, tampoco es una novedad de la democracia. Para conocer la actual es muy interesante el libro del ya citado Pradera Corrupción y política. Los costes de la democracia, publicado en el 2014, sobre un manuscrito de 1994, que se mantuvo sin publicar. Según señala Fernando Vallespín en su introducción, es plenamente actual. Su objetivo es sacar a la luz la conexión entre corrupción y sistema democrático que se produjo a lo largo de la entonces todavía joven democracia española. Y allí las cosas no parecían hacerse de manera distinta. Veinte años después, vista la sucesión de casos de venalidad política, su contenido nos estalla como una mina de efecto retardado.

Pradera no se anda con remilgos: “La financiación ilegal de los partidos se configura como una forma mafiosa de apropiación colectiva y distribución individualizada de la riqueza. Porque la recaudación ilegal de fondos en nombre de una organización política permite a sus dirigentes perpetuarse en el poder y disfrutar de un nivel de consumo y servicios equivalente al proporcionado por las rentas de un elevado capital”.

Con la llegada de la democracia: “Cambiamos de régimen, pero no de hábitos. El continuismo en el disfrute de los privilegios (“comodidades de la púrpura”) o el abuso de los bienes posicionales (“patrimonialización de los valores de uso del Estado”) son ejemplos bien expresivos de la no ruptura de ciertos hábitos en el ejercicio del poder entre la dictadura y la democracia. Lo que escandaliza es que los gobernantes exigen a los demás una austeridad que no se aplican a sí mismos”.

En cuanto a sus causas: “El funcionamiento del sistema democrático requiere que su administración operativa esté a cargo de maquinarias no democráticas Desde esta perspectiva, la ausencia de democracia en los partidos es el precio que hay que pagar para que exista la competencia democrática entre partidos”.

Sobre sus consecuencias: “La corrupción en los partidos vulnera el Estado de Derecho y pervierte la representación democrática. Una endeble cultura democrática ha alimentado el espejismo de que tan singular transgresión tiene altos rendimientos y limitados costes”.

El texto concluye con distintas medidas para la reforma de los partidos, sin mucha confianza porque la tarea de prevenir los abusos de los partidos corresponde a los propios partidos. Y muestra su escepticismo con una metáfora: “Es como si las perdices y los conejos se encargasen de redactar la ley de caza”.

Candido Marquesan Millan

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