La utilidad de lo inútil.

La escuela, el instituto, la universidad, antes que para conseguir un diploma son para mejorarnos como personas

Hoy cuando son predominantes los valores mercantilistas y economicistas, reconforta la lectura de un librito precioso, que pretende fundamentar la existencia humana en otros valores, La utilidad de lo inútil. Manifiesto del profesor de literatura italiana de la Universidad de Calabria, Nuccio Ordine

El título aparentemente contradictorio tras su lectura comprobamos que es plenamente coherente. Lo que nos quiere señalar es que hoy se consideran inútiles todo un conjunto de saberes, como la filosofía, el arte, la música, la historia, la ciencia, porque no producen directamente beneficios; cuando son muy útiles, ya que son fines por sí mismos –precisamente por su naturaleza gratuita, alejada de todo vínculo mercantilista–, permiten desempeñar un papel clave en el cultivo del espíritu y en el desarrollo de la humanidad. En definitiva, todo aquello que nos ayuda a ser mejores personas. En cambio, lo que se denomina hoy como útil, el beneficio, el lucro, el tener, el dinero es plenamente inútil, ya que no sirve para desarrollarnos como personas. En las sociedades actuales el conocimiento no se valora. El artista, el científico, el intelectual, se valora mucho menos que el empresario, el banquero, el futbolista. En otras épocas no fue así, el respeto ha cambiado de bando. No se admira al que sabe, al que crea, al que lee, sino al que es capaz de acumular poder, lujos y riquezas, incluso al que se lucra de manera amoral.

Para justificar la tesis expuesta Nuccio recurre a citas enjundiosas de pensadores clásicos y actuales, recogidas tras largos años de experiencia docente.

Ovidio, profundo fustigador en la Metamorfosis, de la infame pasión por el poseer, afronta explícitamente la cuestión de la utilidad de lo inútil. En una carta a un amigo le dice “Por más que te esmeres en encontrar qué puedo hacer, no habrá nada más útil que estas artes (la poesía), que no tienen ninguna utilidad. Gracias a ellas, consigo olvidarme de mis desgracias (su destierro)”.

Demócrito hace 2.500 nos habla ya sobre la inutilidad de lo útil: “Me río del hombre, lleno de estupidez, desprovisto de acciones rectas… que con ansias desmesuradas recorre la tierra hasta sus confines y penetra en sus inmensa cavidades, funde el oro y la plata, los acumula sin descanso y se esfuerza por poseer cada vez más para ser cada vez menos.”

Nuccio en una entrevista nos dice que no está en contra del beneficio y del dinero, que son necesarios para vivir, lo que no puede ser que se conviertan en un fin por sí mismos. Que un empresario tenga beneficios no es malo, siempre que al acostarse duerma plácidamente con la conciencia tranquila. Como lo fue Adriano Olivetti que nos enseñó que una empresa no debe producir sólo beneficios, sino también belleza y libertad. Él se dio cuenta de que con ellas el hombre aprende a entender cuál es el camino para la felicidad. Olivetti invirtió sus beneficios en bibliotecas, en casas y en guarderías para los hijos de los trabajadores. Se preocupó de darles una dignidad humana y así levantó una empresa competitiva a nivel internacional. ¡Vaya contraste con el mundo empresarial de hoy, lleno de auténticos tiburones! Y en este callejón sin salida, del que todos somos culpables, debemos abrir alguna puerta, si no queremos un suicidio colectivo. Para Nuccio como docente, la puede proporcionar la educación, pero desde una concepción distinta a la neoliberal.

La escuela, el instituto, la universidad, antes que para conseguir un diploma son para mejorarnos como personas. Los docentes tenemos que ayudar a los jóvenes a eliminar esa idea, propia de estas sociedades utilitarias, de que el estudio es para conseguir algo material. Ni en las familias ni en la sociedad, sino en las escuelas, es donde hay que trabajar intensamente para cambiar esta percepción tan nociva, esa degeneración de la enseñanza enfocada a obtener resultados como única meta, olvidando que el saber debe llevar a los estudiantes a entenderse mejor a sí mismos y al mundo que les rodea, a amar el bien común, a ser tolerantes, solidarios, utópicos, críticos frente a la injusticia, valores que nos hacen más humanos. Las escuelas y las universidades son el lugar idóneo para demostrar que las leyes del mercado no valen, basadas en el principio de la pérdida y la ganancia; en cualquier intercambio comercial siempre hay algo que sale y algo que se queda. Pero el intercambio entre profesor y estudiante es un proceso virtuoso donde el que da y el que recibe se enriquecen ambos. Nadie pierde. Las escuelas deberían ser ese lugar donde las leyes del beneficio acabarán rompiéndose, naufragando. Nuccio pone un ejemplo a sus alumnos “Hoy con el dinero podemos comprar cualquier cosa, los jueces, a los parlamentarios, a las cadenas de televisión y que si se es rico se puede obtener el éxito y el erotismo. Pero, hay algo que, sin embargo, no se puede alcanzar con todo el oro del mundo, el conocimiento”.

Termino con una cita de Eugène Ionesco “El hombre moderno, apurado, sin tiempo, preso de la necesidad, no comprende que algo pueda ser no útil, ni que lo útil pueda ser un peso inútil, agobiante. Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y el país que no comprende el arte es un país de esclavos o de robots, de gente desdichada, que no sabe reír, y donde no se ríe, hay cólera y odio”.

Cándido Marquesán Millán

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