La revolución de lo “Común”

Este capitalismo neoliberal genera exclusión, pobreza, desigualdad, xenofobia, fascismos, y además el problema más importante y más urgente planteado nunca a la humanidad, la crisis ecológica, como lo certifican el Programa de las Naciones Unidas para el desarrollo y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático.

Cristian Laval y Pierre Dardot muestran una alternativa, en su libro Común. Ensayo sobre la revolución en el siglo XXI. Lo común se ha convertido en el principio efectivo de las luchas y los movimientos que, desde hace dos decenios, han resistido a la dinámica del capital y han producido discursos originales. Las reivindicaciones en torno a lo común surgieron en los movimientos altermundialistas y ecologistas. Aquí, algunos concejales de Ahora Madrid prometieron sus cargos con la fórmula “Omnia sunt communia” (“todo es común”) y la palabra “común” está en el nombre de diferentes iniciativas municipalistas. Tomaron como referencia el antiguo término de  commons (comunes), buscando oponerse a lo que era percibido como una nueva ola de enclosures (cercamientos), merced a las privatizaciones de lo público, tanto recursos (minas, tierras, energía, telefonía, ferrocarriles, agua, conocimiento, etc) como servicios (sanidad, educación, cultura, etc).  Esta expresión (enclosures) remite al proceso histórico antiguo de acaparamiento para explotación privada de tierras comunales en las campiñas europeas mediante el cercamiento de los campos. Esto supuso en Inglaterra que los campesinos se quedaron sin tierras y no tuvieron otra opción que vender su trabajo para sobrevivir a la industria incipiente.

Frente al descrédito de la democracia representativa, lo común es un principio político basado en una democracia real y participativa que permite a los ciudadanos participar en la toma de decisiones. Principio que se puede aplicar a todos los ámbitos de la sociedad, incluidos los partidos o la empresa,  y que es la base de una concepción de la democracia en su sentido más puro y radical, el de una democracia que implique la coparticipación de los individuos en una misma actividad. En una sociedad de lo común no hay más obligación política que aquella que nace o procede de la coparticipación.

En los últimos 30 años de neoliberalismo se ha producido la revolución de las clases dominantes de la sociedad. Ahora es otra: la de restituir las actuales instituciones a la sociedad y transformarlas según el principio de lo común.   Revolución que no significa insurrección violenta; aunque  si tensión, enfrentamiento, ya que tocar los intereses de los clases dominantes y las formas políticas que las sustentan crea inevitablemente un conflicto, pero lo importante es que la sociedad retome el control sobre su organización política y social.  La revolución está ya iniciada. De las protestas y las manifestaciones en la calle han surgido según el principio de lo común a nivel local huertos urbanos compartidos, cooperativas de autoconsumo, que fomentan la transformación de la sociedad. Son formas de autogestión y de autoorganización social que están transformando el tejido de la sociedad, aunque son aún muy difusas y hay que articularlas en otros niveles de la sociedad. Lo común no significa ni la desaparición del Estado ni del comercio privado, pero tendrán un papel diferente. No es comunismo, ni socialismo real.

Otro aspecto de lo común es la distinción entre lo público-estatal y lo público-común. Lo público-estatal reposa sobre dos aspectos contradictorios: por un lado, pretende garantizar la universalidad del acceso a los servicios públicos; por otro, reserva a la administración estatal el monopolio de la gestión de esos servicios reduciendo a los usuarios a consumidores, excluidos de participar en la gestión. Lo común debe poner fin a esa división entre “funcionarios” y “usuarios”.  O sea, lo común debe garantizar la universalidad del acceso a los servicios mediante la participación directa de los usuarios en su gestión.  Uno de sus objetivos es convertir los servicios públicos en instituciones de lo común, para impedir su privatización por el político de turno, como ha ocurrido en España, que ha supuesto el expolio de un patrimonio de todos los españoles para beneficio de empresas privadas, con la consiguiente secuela de corrupción, nepotismo y clientelismo. ¿Con qué derecho un gobierno vende un patrimonio que pertenece a todos los españoles? Lo que es de todos tiene que ser decidido por todos. Tales opciones no son utópicas. Hay ejemplos.  La guerra por el agua en Cochabamba en Bolivia en el año 2000, donde los pobres y los indígenas se opusieron a la privatización del agua. Se levantaron contra el presidente Banzer que defendía los intereses de la Bechtel Corporation-la empresa líder mundial en ingeniería que estaba detrás del conglomerado de Aguas de Tunari– y que acababa de ganar en subasta pública la provisión del servicio de agua en Bolivia.

En Italia tras el  triunfo del referéndum contra la privatización del agua en junio de 2011, el alcalde de Nápoles Luigi de Magistris y su adjunto “delegado para los bienes comunes y la democracia participativa”, Alberto Lucarelli, llevaron a cabo la remunicipalización de la gestión del agua, un ejemplo paradigmático de creación de comunes locales o, más exactamente, de servicios públicos locales gobernados  como comunes.

Cándido Marquesán Millan

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