¿Por qué el pacto del continuismo?

En Nueva Tribuna, el 7 de marzo, María Dolores Amorós, Catedrática de Lengua Española publicaba este articulo.

Desde casi el principio, tras el 20D, y especialmente cuando Mariano Rajoy declinó ante el Jefe del Estado la invitación de intentar formar Gobierno y Pedro Sánchez cogió el testigo, Pablo Iglesias se ofreció al líder socialista para hablar y conseguir formar un gobierno de progreso. Sánchez fue evitando las conversaciones, aunque decía lo contrario ante la opinión pública, y, mientras, forjaba una extraña relación con un partido que, en teoría al menos, se halla en las antípodas de lo que consideramos que es o debe ser un partido socialista.

Si supimos la verdad fue por las declaraciones del líder de Podemos. No había manera de poder ponerse en contacto con Sánchez para hablar de un inminente futuro político.

Fue entonces cuando Iglesias, en su conversación con Felipe VI, le manifestó a este su deseo de formar un gobierno de coalición con el PSOE. De inmediato, en rueda de prensa, informó públicamente de lo hablado con el rey. Esa fue la manera de ver si lograba, de una vez por todas, una reunión formal con Sánchez. El resultado fue que el PSOE en tromba salió indignado contra Iglesias. Les había indicado, incluso, los ministerios que exigía. Y ahí comenzaron las conversaciones. Alberto Garzón propició para forzar un diálogo a cuatro: PSOE, Podemos, IU-UP y Compromís.

Conversaciones nada entusiastas por parte del PSOE, el cual estaba manteniendo con fervor un apasionado idilio con Rivera y sus Ciudadanos. Cuando las capitulaciones matrimoniales entre PSOE y Ciudadanos se hicieron públicas, los partidos de izquierda no tuvieron más remedio que levantarse de una falsa mesa en la que solo se habían producido unas falsas entrevistas con el grupo negociador socialista.

Vino el día de la puesta en escena, con todo lujo de detalles, de la investidura de Pedro Sánchez como futuro presidente del Gobierno. El resultado de la votación positiva fue el número de votos que suman PSOE y Ciudadanos, 130 (90 PSOE más 40 Ciudadanos) y la abstención de Coalición Canaria. El resto, hasta 350 diputados, votaron no.

De lo que sucedió en el Parlamento mucho y variado se ha escrito, según el tipo de medios, su independencia o su sometimiento al pesebre no solo político sino del IBEX, principalmente.

La segunda votación a la que el líder del PSOE se sometió solicitando la aprobación a su investidura tuvo un resultado semejante, con tan solo la variación del voto favorable de Coalición Canaria. Por lo tanto, 131 síes.

Nunca había sucedido algo igual en los años de democracia tras la muerte del dictador fascista.

La situación ahora es qué va a suceder. En principio, estamos a la espera, hasta primeros de mayo, para ver si hay posibilidad de nuevos acuerdos que permitan formar gobierno y no tener que ir a nuevas elecciones.

Lo desconcertante, desde mi punto de vista, es el enrocamiento del PSOE en continuar con Ciudadanos, ahora ya como hermanos siameses, para estar juntos ante cualquier posibilidad de nuevas negociaciones. Nuevamente Alberto Garzón, por la parte de los partidos de izquierda, ha tomado la iniciativa de sentarse a dialogar a cuatro, exactamente los mismos cuatro de la vez anterior.

Pero en el PSOE, hable quien hable, Pedro Sánchez, César Luena, Antonio Hernando, Rafael Simancas… sigue insistiendo en lo mismo. La misma cantinela, una y otra vez, en que un pacto de izquierda no da la suma necesaria para la investidura. Defendiendo sin embargo su íntima alianza con C’s, cuya suma solo da 130 votos. Y eso que Rivera ha sido claro en su intención de conseguir, por todos los medios posibles, el apoyo o la abstención del PP sin Rajoy. Y es que los ascos a Podemos han venido, desde el principio, por la finalidad de un pacto de derechas. No podía ser con PP, pues había que conseguirlo con Ciudadanos cuya política económica es la misma que la llevada a cabo por el PP.  Esa ha sido y es su intención, la del PSOE: una Gran Coalición “si el país lo necesita”, tan defendida por un Felipe González virado absolutamente hacia la derecha y con un enconamiento en principio no comprensible contra Podemos.

Ya desde el principio, y tras quitarse de encima el marxismo en el Congreso de Suresnes, 1974, Felipe González,  ya dueño del PSOE,  mostró su simpatía por un “régimen de libertades al modelo europeo-occidental”. Felipe despreció siempre el comunismo y las relaciones con IU nunca fueron -y no lo son- buenas. Casi diría que los ataques a esta formación política de izquierda han sido más duros que al PP, el partido de la alternancia en el poder.

Se ha demostrado por varios mediadores, entre ellos Mónica Oltra, que es posible un “pacto a la valenciana”, con la mayoría simple de 167  votos de PSOE, Podemos, Compromís, IU-UP y PNV, a los que se podrían sumar las abstenciones del resto, ERC, DiL, EAJ.

Pero la intransigencia del PSOE y su extraño maridaje con Ciudadanos es algo muy extraño. Hay un empecinamiento que encierra algo que en estos momentos se nos escapa.

A la vez, el PSOE procura echar las culpas de unas posibles nuevas elecciones a Podemos. Pero esto último solo lo puede creer la gente mal intencionada  o aquella, poseída por la ignorancia, que solo sabe y acepta lo que la propaganda en que se han convertido algunos medios de la servidumbre le sirven como pienso.

Por lo tanto, ante la negativa de la izquierda de encamarse con Ciudadanos, el panorama político español se nos manifiesta, en estos instantes, de la siguiente manera: por un lado, la Izquierda de este país (Podemos, IU-UP y Compromís), por fin, está unida y así debe mantenerse sin claudicar ante los falsos cantos de sirenas. Ciudadanos se ha expresado claramente como un partido al servicio del poder, y se ofrece, sin pudor alguno, al mejor postor. Y el PSOE, con las garras de Felipe González tirando por un lado, y las de Susana, por otro, no sabemos qué lugar ocupa, pero nada halagüeño parece ser que le espera a Pedro Sánchez.

Es usted, Pedro Sánchez, el responsable de lo que vaya a suceder en el devenir político de España. No le eche la culpa a nadie más. Ha jugado mal, y en política, estos asuntos pasan factura.

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