Y tú que harías!

La proliferación de la corrupción política se explica en buena parte por la condescendencia ciudadana hacia ella.

Todo ciudadano normal, preocupado por la cosa pública, debería sentir una mezcla de hartazgo y asco ante la irrefrenable e interminable avalancha de casos de corrupción. Los periódicos, los programas de radio y televisión tienen ya una sección fija dedicada a esta lacra, que está gangrenando nuestra sociedad. En este mismo periódico descubrimos de una manera pormenorizada los casos de corrupción en nuestra comunidad: el de “Plaza” y el de “La Muela”. ¡Qué cantidad de dinero público expoliaron toda esta cuadrilla de facinerosos, mientras la ciudadanía soportaba terribles recortes! Como simple botón de muestra, Anticorrupción solicita a Acciona 147 millones por el saqueo de la plataforma; también reclama 10,5 millones en multas para los 25 procesados; los directivos recibieron regalos y se embolsaron dinero durante 15 años. Acabo de ver una fotografía con los 415.180 euros hallados en el colchón de un ático de Salou del exgerente. De verdad, no resulta fácil mantener el sosiego ante tanto sinvergüenza y tanto desalmado. A todos estos delincuentes son aplicables los epítetos de “una inmensa manada de vividores y de advenedizos manchados de cieno”, emitidos por Azaña en el discurso “El problema español” pronunciado en 1911 en la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares. Mas, estos casos de corrupción me sugieren algunas reflexiones.

¿Cómo fue posible que durante tantos años se pudieran llevar a cabo tantos y tan graves delitos? ¿Qué controles hizo la administración pública para evitarlos? ¿Ninguno de los miembros del consejo de administración de la plataforma de Plaza se enteró de lo que estaba ocurriendo? ¿Nadie de la corporación municipal de La Muela se apercibió de las fechorías de la alcaldesa? ¿Ninguno de sus muchos vecinos beneficiados con viajes a bajo costo al Caribe o a la final de la Copa Davis en Buenos Aires se enteró de nada?

Sigo haciéndome más preguntas: ¿estos auténticos salteadores de caminos nunca llegaron a pensar que quizá un día sus latrocinios podrían ser conocidos? O quizá, obnubilados por el olor de los billetes de 500 euros, ni siquiera pasó por sus mentes tal eventualidad. En la existencia y permanencia el delito de la corrupción en nuestra sociedad intervienen diferentes protagonistas. El corrupto, el corruptor, y el ciudadano condescendiente y tolerante. Solo nos fijamos en el corrupto, pero este no es un extraterrestre, ha convivido y convive con nosotros. Si ha sucumbido ante la corrupción, es porque se le ha presentado la ocasión. Es así como piensan no pocos de mis conciudadanos, ya que al sacar el tema en conversaciones con mis amigos, me replican, ¿y tú que harías? Tras un pronunciado silencio, la mayoría afirman sin remilgos que si tuvieran ocasión harían lo mismo: como tener cuentas en Suiza o colocar a sus parientes en alguna empresa pública. Evidentemente ante tal respuesta cualquier argumentación de réplica está de más. Es evidente que la corrupción que provoca tanta indignación de la gente, en algunos casos, no sé cuántos, parece más bien fingida y teñida de envidia insana. Por ello, los políticos corruptos representan muy bien al ciudadano normal y corriente.

En consecuencia, la proliferación de la corrupción política se explica en buena parte por la condescendencia de la ciudadanía hacia ella. Supone un gravísimo deterioro para nuestra democracia, el que alguien pueda decir: “yo voto a los míos, porque prefiero que roben los míos a que lo hagan los otros”. Certifico que lo he oído. Estos comportamientos los hemos constatado en tiempos recientes en esta querida España. Y ahora mismo en Segovia, donde ha sido electo Pedro Ramón Gómez de la Serna, al que le han votado 36.130, el 39,46%.

En la época de bonanza hacíamos la vista gorda, de ahí que Iñaki Gabilondo en un debate sobre este tema acabó con esta reflexión: “¿Ha cambiado realmente la sociedad o pagaríamos de nuevo corrupción a cambio de prosperidad?” Para la catedrática de Filosofía Moral Victoria Camps“Cuando hay corrupción existe la complicidad del grupo político y también la de toda la sociedad”. Y es así porque nuestra sociedad carece de unos valores éticos claros, en torno a los cuales organizar nuestra convivencia. Por lo que estamos observando, los escrúpulos morales son antiguallas pretéritas. Un caso del pasado nos podría servir de ejemplo. Una trama de corrupción y sobornos, según cuenta Julián Casanova catedrático de la Universidad de Zaragoza, el escándalo del estraperlo, acabó en 1935 con la vida política de Alejandro Lerroux, el viejo dirigente republicano del Partido Radical que presidía entonces el Gobierno. Los ministros radicales tuvieron que dimitir y cayeron muchos cargos provinciales y locales del partido. Todavía más, en las elecciones de febrero de 1936, el Partido Radical, que había gobernado de septiembre de 1933 hasta finales de 1935, se hundió estrepitosamente en las elecciones. Quedó reducido a cuatro diputados, 99 menos que en 1933. Lerroux ni siquiera salió elegido en la lista. Todo un buen ejercicio de ciudadanía responsable. Toda una lección de nuestros antepasados. Y eso que en aquellas fechas casi la mitad de los españoles eran analfabetos. Tendrían carencias culturales, pero tenían muy claros determinados valores. ¿Cuáles son los nuestros?

Candido Marquesan Millan.

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