TE CUENTO.

Lo que valen los cuentos. Por Ana Cristina Herreros

Cuenta un eminente antropólogo que cuando el hombre y la mujer aprendían a ser humanos sucedió algo que cambiaría el destino de una especie muy mal equipada para sobrevivir frente a otras especies mejor adaptadas a un medio donde lo que permitía la supervivencia era la fuerza. Y es que un día, en la hoguera paleolítica, un hombre, quizá una mujer, tomó la palabra y contó un cuento, uno de esos cuentos que hoy llamamos «populares» porque son del pueblo, es decir, de todos. Y esos cuentos cuentan todos lo mismo: que quien es capaz de ponerse en camino ante un conflicto recibe siempre la ayuda de alguien y, si se deja ayudar, consigue resolver el conflicto que lo había puesto en camino, y llega a ser rey, es decir: soberano de su vida.

Gracias a estos cuentos que consideran que el otro no es quien te hiere o quien te mata, sino quien te ayuda, que transmiten la confianza en el otro, el ser humano comenzó a confiar en el otro ser humano, y gracias a esta confianza los hombres, quizá también las mujeres, comenzaron a cazar juntos, y la fuerza del individuo se unió a la fuerza del otro individuo en la fuerza de la colectividad, y gracias a esta fuerza de lo colectivo el ser humano consiguió sobrevivir como especie. Sobrevivió el ser humano y también los cuentos, y se extendieron por todo el mundo para demostrarnos que lo que nos caracteriza como humanos no tiene fronteras, es universal, como los motivos folclóricos que sujetan, como un esqueleto, el cuerpo de los cuentos. Sobrevivieron también los narradores que prestan su mirada, su voz, su piel y su aliento a esos cuentos que llegan desde la noche de los tiempos a recordarnos que no estamos solos porque los que nos encontramos en el camino están ahí para ayudarnos a ser soberanos. ¿Para qué sirven los cuentos? Para vivir.

 “GÜENAS TARDES”.

La casa de los Fornies era de las más fuertes del pueblo,  y en ella servía mucha gente fija y muchos más de temporada.

Allí servía desde chico, Miguel “El Coloretes”. Se sabía todos los intríngulis de la casa y hasta los de sus dueños. Era tal su ingenio para cualquier situación que resultaba hasta algo cabroncete.

El patio de la casa era muy amplio y en verano era muy fresco, en él esperaban los criados a que el administrador diera la orden para salir a los diferentes campos a realizar los trabajos diarios. En el amplio patio había un banco de madera con un almadraque, que ocupaba el perro mastín de  la casa, mientras los empleados se sentaban y recostaban por cualquier lado a echar una cabezada. Un buen día, “El Coloretes”, ya cansado de que el perro tuviera el mejor lugar, se acercó a él  y diciendo: “Güenas tardes”, le arreo al mastín un buen pellizco en los cataplines. El animal se despertó de un brinco, lanzó un aullido lastimero y salió corriendo hacia el interior de la casa. El segundo día tuvo que repetir la operación, pero no ya el tercero. Cuando “El Coloretes” entraba en el patio, lanzaba el: “Güenas tardes” y el advertido perro dejaba el banco libre, banco en el que “El Coloretes” se tumbaba a echar la cabezada.

 

COMER DE BALDE.

Otro de los días, el ama de la casa de los Fornies, se quejaba amargamente de que el niño pequeño de la casa no comía y le daba mucho tormento con las comidas. “El Coloretes” siempre rápido de reflejos le contestó: Déjeme que le de yo de comer unos días y verá como se acaban los problemas.  A los tres días el ama se acerco al “Coloretes” y le dijo: No puedo más, mira a ver si tú puedes con él.

Al día siguiente, “El Coloretes” tomó posesión del plato de la papilla pidió que lo dejara a solas con el zagal  y se sentó frente al pequeño, un zagal de dieciocho meses. Llenó la cuchara a medias y se la acercó a la boca del zagal. Éste se volvió para no quererla, pero “El Coloretes” se la “refrotó” por los labios. Con las cucharadas siguientes la operación fue otra, “El Coloretes” se comía la papilla y con el revés de la cuchara le daba un leve golpe al zagal en los morros. Cuando se terminó la papilla, cosa que fue rápida, llamó al ama y le dijo: Ya está, fíjese, hasta se relame los morros.  El pequeño movía los labios, pues los llevaba algo doloridos de los golpecitos con la cuchara, eso si, se quedo sin comer.

Cuatro días duró la comedia, al quinto, cuando el ama se presentó con “El Coloretes” y con la comida y probó ella a dársela, el pequeño abría la boca como un pajarico.

 

EL COLMO; LA GOTA.

Erase una vez un latonero, del  que el 10 de noviembre publicaba esto en esta misma página. Con el muro que da al Pantariz, el que sujeta la Cuesta de la Iglesia, prácticamente terminado, se corto el latonero. Ole y ole y mas oles, un árbol ya grande, de años, que subía por encima de los miradores que han hecho, que remoldandolo y dejando solo su copa quedaba muy bien, pues a cáscala. Un árbol de esas condiciones y en el lugar en el que estaba habría que cuidarlo y mimarlo, pues no. Ya lo sé, soy yo, que no me entero de que por la huerta hay más. Vaya cosa un latonero.

Pasados los días, ( el día 13/12),  pase a visitar el tronco, y al mirarlo me entro la risa floja, le han puesto riego por goteo. Ustedes mismos pueden ponerle la terminación a este cuento.

 

Pascual Ferrer Mirasol

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s