Elecciones apasionantes.

En absoluto había indiferencia ni desafección de la política, lo que sí había era hartazgo de la política vigente

Las elecciones generales del 20-D son apasionantes, ya que existen muchas cuestiones pendientes y cruciales para nuestro futuro político. ¿Seguirán los ataques indiscriminados a nuestro ya averiado Estado de bienestar? ¿Se corregirá el problema apabullante del paro? ¿La actual estructura territorial de España se mantendrá? ¿En nuestra ya débil democracia continuará esa irreversible deriva autoritaria por razones de seguridad? No son preguntas irrelevantes. Las fuerzas políticas ganadoras que asuman el gobierno tendrán que dar las respuestas adecuadas. La ciudadanía española ilusionada y temerosa las demanda y espera.

Además estas elecciones traen consigo una gran novedad. Tras las europeas del 25-M de 2014 quedó clara la quiebra del bipartidismo, ya que entre PP y PSOE no alcanzaron el 50% de los votos. Hoy, según todos los indicios, la partida será cuatripartita. En principio, el aumento de la oferta electoral siempre es positivo.

Esta nueva situación tiene un porqué. El malestar de la sociedad plenamente justificado y expresado a raudales en las plazas españolas por las políticas brutales de austeridad no supieron recogerlo y encauzarlo políticamente los dos grandes partidos, y eso que disponían de perspicaces y bien pagados asesores. Su primera reacción ante la avalancha llena de emotividad de los movimientos sociales, fue considerarlos como parte del decorado del sistema y que su presencia sería pasajera. Su sitio quedaba circunscrito a la calle, y su relación con el aparato estatal pasaba por las fuerzas de orden público. Mas al saltar de la calle y tener la osadía de convertirse en partido político, les produjo un gran desconcierto. Una cosa eran los discursos “utópicos” en las plazas y otra muy diferente disputarles el poder institucional, que siempre lo habían monopolizado. Si hubiéramos disfrutado de una democracia de verdad, los partidos políticos deberían haber reaccionado con prontitud para oír y encauzar todo el sentir político de la calle. Su insensibilidad fue una prueba de desconocimiento e incumplimiento del artículo 6° de nuestra Carta Magna: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política.” Al alcanzar el partido emergente unos “sorprendentes” resultados electorales, comenzó a ser descalificado como bolivariano, populista y antisistema, calificativos asumidos por gran parte de la sociedad, sin conocer realmente su auténtico significado. Para contrarrestarlo desde las élites económicas se urdió una trama para apoyar a otro partido ya existente, dando el salto del ámbito autonómico al estatal. Uno surgió de la calle, el otro de las élites. La diferencia es sustancial.

Lo expuesto supone una refutación de una opinión muy extendida. Desde el inicio de la crisis, coincidiendo con la última fase del gobierno de ZP y la primera del de Rajoy, en tertulias y medios se hablaba de la indiferencia y desafección ciudadana hacia la política, sobre sus causas y los expertos electorales pronosticaban una masiva y creciente abstención en las elecciones futuras. Mas, la irrupción del 15-M fue una prueba de que tal juicio era erróneo. En absoluto había indiferencia ni desafección de la política, lo que sí había era hartazgo de la política vigente. Había unas ganas inmensas de participar en política, para cambiarla con nuevos instrumentos. Esta circunstancia supieron captarla algunos políticos, que crearon una plataforma para encauzar demandas insatisfechas.

Hoy, la sociedad española ha alcanzado unos niveles de politización como mínimo igual a los inicios de la Transición. Otra cosa es si existe una cultura política plenamente formada. Tema preferente en nuestras conversaciones es la política. Los politólogos son cada vez más solicitados en tertulias. El debate entre Iglesias y Rivera con Évole alcanzó una audiencia semejante a un Madrid-Barça.

Esta politización de la sociedad española es positiva, y para su implantación ha tenido que liberarse de muchos prejuicios, una reminiscencia del franquismo. Una actividad se consideraba execrable, porque se había politizado y no había que politizar las cosas. Sin embargo, debemos politizar todo aquello que nos afecta como miembros de la polis, y en todo lo posible y cuanto más mejor. ¿No debe someterse al debate público, de todos los ciudadanos, por ejemplo, nuestras pensiones, nuestra educación o el sistema fiscal? Cuando estas cuestiones se quieren eliminar del debate político, es que detrás debe haber algún interés bastardo. Somos seres tanto más libres cuanto más politizados. Era decente quien no se metía en política, ya que iba a lo suyo. Y ya era la culminación de la virtud si solo vivía para su familia: de casa al trabajo y del trabajo a casa. De la política como algo abyecto había que huir despavoridos. Lo único valioso era la vida privada, la familiar y laboral. De ahí que muchos alardeaban yo no soy político. Estos comportamientos contradecían lo que grandes pensadores morales y políticos nos han enseñado desde hace 25 siglos. A los que se despreocupaban de lo común, para hacerlo solo de lo suyo los atenienses del siglo V a. C. los llamaban idiotas. Hoy ya no podrían hacerlo.

Cándido Marquesán Millán

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