El cortijo es mío

POR CARLOS HERNÁNDEZ ·

Se viene observando de unos años a esta parte un fenómeno que, no por conocido y frecuente, deja de seguir asombrando.

Existe un personaje que pulula por los ayuntamientos de media España e intenta entrar en la otra mitad. Se trata del concejal cortijero.

Estos individuos se caracterizan por no tener mayor formación que la que otorga el hecho de ser poseedor del carnet del partido que gobierne ese municipio y haber medrado desde las juventudes/nuevas generaciones o desde algún colectivo vecinal afín. Su experiencia laboral, por llamarlo de alguna manera, se limita a haber ocupado diversos cargos de libre designación, vulgarmente conocidos como “a dedo” para, finalmente, tras hacer méritos ante el designador de su partido, no ante los ciudadanos claro está, conseguir un hueco en las listas.

Muchos de ellos, sobre todo en sus primeros años, intentan suplir su evidente falta de preparación y capacidad, con una especie de hiperactividad que les hace estar en todas partes. Como si en eso consistiese gestionar una ciudad o un área municipal.

Pasado este febril inicio, en posteriores legislaturas, se van asentando en su puesto y empiezan a mimetizarse con la administración, sin que se sepa bien donde empieza lo uno y acaba lo otro, cual Luis XIV de andar por casa pasan a creer que ¡el ayuntamiento soy yo!.

Este efecto se ve acrecentado por la cohorte de aduladores y palmeros que alaban continuamente su acertada gestión y generosa entrega a la ciudad sin ningún atisbo de crítica. Comienza la etapa de alejamiento de la realidad. En esta fase estos especímenes entran en comunión perfecta con “su parcela” de la administración, como si de un nirvana casero se tratase, y comienzan a pensar que les pertenece. Aquí es cuando asumen que la administración está a su servicio, y no al revés como podrían afirmar algunos maledicentes, y comienza a rondar por su cabeza pensamientos de este tipo; con lo que yo me he esforzado por esta ciudad, como no me voy a quedar un poquito de lo que pasa por mis manos. ¡Yo me lo merezco!.

A tal nivel llega su grado de ensimismamiento que, en su inmensa sabiduría creen que están haciendo lo correcto, sin remordimiento alguno, y no conciben que nadie diga lo contrario o les afee la conducta.

Llegados a este punto es cuando llegan a creer que ¡el cortijo es mío!. Desgraciadamente a partir de este momento solo hay dos posibles soluciones: O la policía entra con una orden judicial y se lleva hasta los ceniceros o los votantes se acuerdan en la próxima cita electoral de la gran gestión realizada y apoyan otra opción.

Cabe la esperanza de que alguien tenga la valentía, formación e integridad necesaria para presentarse como alternativa necesaria para desalojar a este tipo de personas de las administraciones públicas españolas. A quien afronte este problema le espera una ardua e ingrata tarea que pasa, no solo por sacar de las administraciones estos individuos, si no que tendrá además que deshacer toda la red clientelar tejida alrededor de estos tumores y sanear todo lo que se haya contagiado por su contacto e influencia.

Mucho ánimo y valor a quien se atreva a realizar tan importante y necesaria labor. ¡Falta hace!

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Un comentario en “El cortijo es mío

  1. Ya lo decía Labordeta en aquella canción titulada “ROGATIVA DE AGUA” en una de sus estrofas:
    A la humilde Santa Engracia
    muerta por la tradición,
    que nos preserve las aguas
    de tanta especulación.
    Y A SAN BRAULIO EL ESTUDIOSO
    QUE ESPANTE DE ALREDEDOR
    A TODOS LOS “ILUSTRADOS”
    QUE SE AGARRAN AL SILLÓN.

    Este país está lleno de sillones y de cortijos, de estómagos agradecidos que se han ido incrementando con el paso de los años en los cuales ha gobernado el bipartidismo.

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