PLENILUNIO DE ABRIL

LUNA LLENA DE ABRIL. (Este escrito, entre cuento e historia, pertenece al libro “Entre Tambores”, que se publico en el año 2002).

Luna llena  de abril, anocheciendo, la poca luz que le queda al día entra triste por el balcón, la habitación adquiere toda ella una tonalidad amarillenta. Allí esta el baúl, en el rincón, cubierto de un sinfín de objetos que la familia ha ido dejando sobre él, así permanece año tras año desde que yo lo conozco, esperando marzo o como esta vez al más tardano, abril, para que sus inquilinos vuelvan a salir por unos días de él y sean los protagonistas de unas fechas de especial significado para esta familia y para las gentes de este pueblo del Bajo Aragón Turolense que es Hijar.

Como había hecho tantas  cuaresmas, abrí el baúl y allí se encontraban aquellos sacos blancos que por sus formas redondeadas, dejaban adivinar sus contenidos, que no eran otros que los tambores de la familia, nuevos y viejos, allí estaban todos, debidamente ordenados y guardados. Es un ritual cuando llegan estas fechas el sacarlos de su reposo y ponerlos a punto. Uno sabe cual es el tambor que quiere sacar, conoce su envoltorio y tira de él, una vez fuera la mano se introduce en el saco y de este saca el tambor, ese tambor conocido, compañero, amigo. Se toma en las manos y se mueve suavemente, con cariño, examinándolo despacio. Terminado el primer contacto se buscan en el baúl la bandolera, los palillos y la llave con la que apretaremos pieles, bordonillas y bordones. Este es otro rito, pacientemente de cuarto de vuelta en cuarto de vuelta de llave, daremos varias vueltas al perímetro del tambor, las manos al termino de cada vuelta presionan sobre las pieles para comprobar su tensión, seguidamente unos palillazos sueltos y a continuación un redoble, retoque de bordonillas, retoque de bordones, otro redoble, así me gusta, ahora el toque de Imágenes, una vez, otra. Ya está, la primera puesta a punto de este año se da por terminada, pero vendrán mas, unas cuantas más.

Pero esta Cuaresma era un tanto especial para mí, no solo saqué mi tambor grande, también saque mi tambor pequeño, aquel que un día recibí de manos de mi abuelo Jesús como regalo de  por mi primera Comunión, aquel que me hizo sentir mayor por primera vez, aquel que fue mi compañero en los primeros aprendizajes serios, aquel que yo había llevado colgado y que ahora sacaba para colgárselo a mi hijo. Fue tocarlo y en mi cerebro se abrió un camino que hacía mucho tiempo no recorría, que estaba allí, olvidado, esperando la oportunidad de hacérmelo recorrer y éste era el momento.

Recuerdo perfectamente cuando mi abuelo me lo mostró por primera vez, faltaba una semana para el Domingo de Ramos, yo quedé embobado al verlo y le pregunte si era para mí, a lo que él asintió con la cabeza, no dijo nada, hoy creo ver en sus ojos unas reprimidas lágrimas, fruto de la emoción de verme tan contento. Una vez ambos hubimos reaccionado y con la aprobación del resto de la familia le di los primeros palillazos, no debía de ser una maravilla, pero a mí me parecía que era inigualable, mi primer toque fue “El Melancascau”, con él me defendía aceptablemente y para empezar no estaba del todo mal.

Era una ilusión que me desbordaba, después de unos años tocando en un tambor de mi primo que a mí me parecía horroroso y para pequeñajos, tenía mi propio tambor, un tambor como el de los mayores, un tambor que yo cuidaría y luciría, un tambor que en aquellos momentos colmaba todos mis sueños. Pobre abuelo, con la alegría no le di ni las gracias, aunque el se debió de sentir suficientemente recompensado con mi reacción a su regalo.

Tomé el pequeño tambor y me fui hacia la lumbre, sentado ante el fuego, su chisporroteo me ayudo a recordar y recordar, era como si de aquellas llamas además de fuego, salieran todas las cosas que hubo en mi pequeño mundo de niño.

Comenzaron los recuerdos por los cuentos de mi abuelo, precisamente junto al viejo hogar, viendo como ahora las llamas, en fechas parecidas a las actuales, llegaba Semana Santa y se hablaba de ella y sobre todo de los tambores y bombos. Todo comenzó creo recordar por una pregunta mía que mas o menos era así; abuelo, ¿por qué tocamos el tambor?. A partir de allí se pasaron unos días en los que al atardecer yo me colocaba con él junto al fuego y  un día tras otro me iba contando. Por supuesto yo me encargaba de recordarle cada día donde habíamos quedado el día anterior.

Me decía así; en el año 711, entraron los moros (musulmanes) en España y poco a poco fueron conquistándola toda entera, menos un trozo de Asturias. Cuentan que cuando los moros iban de conquista les acompañaba el estruendo que producían unos enormes tambores  que contribuían a amedrentar al ejercito contrario. Así conquistaron también estas tierras de Aragón, donde estuvieron muchisimos años, concretamente hasta que en el año 1148 Hijar fue reconquistado para los cristianos. Desde entonces hasta el año 1519, (371 años), la celebración de la Semana Santa con sus tambores fue muy diferente a como la celebramos hoy. Los hijaranos durante este tiempo, que puede ser considerado como la primera de nuestras etapas, tuvieron un comportamiento totalmente anárquico que consistía en concentrarse ante la cruz del Calvario y con tambores y todo tipo de cacharros ruidosos, hacer ruido y más ruido, mitad para protestar por la muerte de Cristo, mitad para simular los truenos y el temblor de la tierra en el momento de su muerte. Por supuesto que como se hace ahora, seguro que muchos hijaranos después del rito religioso, recorrerían las calles del pueblo metiendo ruido. Yo oía estos relatos sin apenas pestañear, las preguntas siempre venían al final, cuando nos sentábamos a cenar y yo acaparaba al abuelo sin permitir que hablara con nadie que no fuera yo y sin salirse de nuestro tema.

Años mas tarde leería yo un articulo del tobarreño, (José Mª Hurtado Ríos), que en su pueblo se tocaba el tambor y que mira por donde habían sido hijaranos los que habían llevado el tambor a aquellas tierras sureñas. Por el año 1266, Don Pedro Fernández de Hijar, hijo de Jaime I, llega  a tierras albaceteñas con algunos hijaranos y repuebla aquellas tierras del reino de Murcia. Hoy  a orillas del río Mundo hay un pequeño pueblo que se llama Hijar, así como una pequeña fortaleza en un paraje llamado La Umbría de Hijar, el hecho puede resultar significativo. Según su relato estos hijaranos llevaron allí sus tambores y su tradición, su forma de hablar es muy parecida a la nuestra, con sus terminaciones en ico. Como en estas tierras albaceteñas y murcianas, no se produjeron los cambios que posteriormente tendrían lugar en Hijar con respecto a esta celebración, ellos han llegado a nuestros días con el más puro estilo, con sus toques anárquicos, (no tocan conjuntados en cuadrilla), con sus vestimentas  que lo son igualmente y con los tambores que no participan en las procesiones de Semana Santa, aunque estén toda ella sonando sin descanso. Tampoco tocaban el bombo, que se incorporo a la Semana Santa de Hijar mucho más tarde, aunque a partir del hermanamiento de Tobarra e Hijar  en 1985, en uno de los viajes de intercambio entre los pueblos allí quedo el bombo también para siempre. Ver los tambores tobarreños es una delicia para la vista, que bonitos son. Lastima que yo ya no pudiera contar esto o al menos dejar que lo leyera mi abuelo, le hubiera gustado tanto esta historia.

Sigamos con su relato; en1519, se produce el cambio más significativo que ha tenido la Semana Santa en toda su historia,  Luis Fernández de Hijar, encarga a los franciscanos que la organicen y que deje de ser un tiempo anárquico para pasar a ser una celebración profundamente cristiana. Lo primero que hacen los franciscanos es suprimir todos los cacharros ruidosos y dejar solamente el tambor que pasa a ser el instrumento por excelencia de la protesta y de la oración. A continuación obligan a los participantes a llevar una túnica negra que les cubre todo el cuerpo y en la cabeza una capucha, (también llamada aunque menos tercerol), que les tapara el rostro en las celebraciones, por la noche queda terminantemente prohibido ir con el rostro tapado. Estos franciscanos organizaron la celebración hasta el año 1834, año en que fundan la Venerable Orden Tercera de San Francisco, que es la que desde entonces se preocupa de la organización. Recuerdo perfectamente cuando en una de las muchas tareas que tienen,  las mujeres de la mencionada orden llamadas en Hijar, Ministras, adornaban y preparaban “las pianas”, (así llamamos a los pasos los hijaranos), y vestían a las Vírgenes con tanto esmero como a las personas. Lo de vestir a la Virgen de los Dolores, era todo un ritual en medio del más profundo de los respetos, las Ministras lo hacían y los Ministros ayudaban en lo que ellas mandaban. Aun sigue siendo así.  A los Ministros se los puede ver en las procesiones con su báculo, organizándolas. A las Ministras con su escapulario y su vela , tras la Virgen de los Dolores. Todos ellos se ocupan de los pequeños detalles, de los que nadie valoramos pero que ahí están, sin ellos las cosas no serian igual. Aquí hay que mencionar que en Hijar jamas se toco el tambor por cofradías, no las hay, todos somos de la misma, hijaranos.

Otro de los hechos relevantes y que ha llegado hasta nosotros es el de los Rosarieros, Despertadores, Cantores de la Aurora, de todos estos nombres se conoce a un grupo de hombres, (hoy también mujeres), cuyo nombre oficial es el de Cofradía de Nuestra Señora del Rosario. Ya existían en 1787, cuando llega a tierras de Hijar el fraile capuchino Fray Diego José de Cádiz, viene de misiones a esta tierra y en ella enseña nuevos cantos  a este grupo de hombres, mas temas religiosos para que todas las fiestas del año, absolutamente todas, salgan por las mañanas, muy de madrugada en invierno y verano, a romper el silencio de esas horas tempranas con sus recias voces. Cada fiesta tiene su canto y por supuesto no podían faltar los de Semana Santa con alusiones a la Pasión de Cristo. Su “¡Ay  de mí, mi Dios, sin Vos, que será de mí, Señor!”,  y otros cantos, emocionan.  Tambores y bombos callan, el canto es lanzado a lo mas alto en medio del silencio de los congregados, terminado este, los tambores y bombos irrumpen de nuevo con mas fuerza si cabe, así van recorriendo calles y plazas, arcos y cantones.

¿De donde habría sacado mi abuelo tanto saber y tanta memoria para recordar tantas cosas?. Desde luego yo me percataba que a veces cuando el tema le apasionaba, hasta se emocionaba, además como dato curioso yo siempre le conocí portando una “piana”, jamas le vi dar una palillada a un tambor ni un mazazo a un bombo, pero también le recuerdo totalmente emocionado cuando me vio en la procesión con mi tambor nuevo, le caía la baba. En nuestra Semana Santa, hay muchas personas como mi abuelo, siempre colaborando desde detrás.

Y seguía; otra cosa que también se incorporo a las procesiones fue  cantidad de personajes bíblicos, las Marías, la Verónica, hebreas, nazarenos, ángeles y un largo etc. de gentes vestidas con los atuendos correspondientes y que dan vistosidad a las “pianas” a las que acompañan. También el bombo hace su incorporación a finales del siglo XIX, con el se acompasa mas el toque procesional y el tono es mas grave y solemne si cabe.

El abuelo decía que saber tocar bien el tambor es difícil, pero que es más importante que el que toca el bombo lleve bien el compás, de lo contrario es un desastre. Curiosamente, a mí me enseño el toque de imágenes a modo de bombo en el revés de un pozal, él lo cantaba y con su mano me indicaba los golpes de aquel; “que suban, que suban, que suban las imágenes”. Ni que decir tiene que la familia nos hacia abandonar pronto nuestra clase y ensayo, todo eran quejas y gritos, no sabían apreciar nuestra música.

Así paso lo que podemos considerar el segundo periodo, 417 años, y llegamos a 1936, aquí al abuelo le invadió la tristeza. Fueron años malos, muy malos- decía – todos contra todos, la sin razón lo invadió todo y se destruyo todo, hasta los Santos de la Semana Santa. Parece que el abuelo entendía algunas fechorías de la destrucción, pero la de los Santos de Semana Santa era algo superior. En el periodo del 36-39, se suprimieron las celebraciones, aunque se permitió en algún momento el toque de los tambores.

Después de la guerra- continuaba- las cosas se calmaron y poco a poco con ayuda de todo el pueblo y en especial del Cuadro Artístico, se fue recuperando la tradición, se fueron comprando nuevas “pianas”, unas por suscripción popular y otras por familias ricas del pueblo. Hasta los alabarderos se remozan y la banda de cornetas y tambores coge mas auge del que tenia antes y son muchos los jóvenes que se incorporan a ella. Será este el tercer periodo, mas corto y que llega hasta hoy.

Como se me ha pasado el tiempo, aquí contemplando este tambor pequeño que encierra tantos y tantos recuerdos, los familiares primero y los propios después. Este tambor marca un antes y un después para mí en esta celebración, imagino que igual ocurrirá a muchas personas que su primer tambor les habrá llegado de las más diferentes formas, pero que puede que aquí pueda aplicarse también aquello de el primer gran amor.

En 1966 comienzan a celebrarse en Hijar los concursos de tambores y bombos, algo que creo ha contribuido de una manera trascendental en el buen tocar, en mejorar técnica y en la composición de nuevos toques. Los muchachos a la salida de la escuela por la tarde, una vez llegada la Cuaresma, (antes no, prohibido), corríamos a casa y agarrábamos dos cosas, la merienda, (muchas veces pan con chocolate), en las manos y el tambor colgado al costado. Nos dirigíamos a ensayar para el concurso y para ello buscábamos lugares un tanto escondidos y tranquilos donde no molestar y no ser molestados, si alguien al día siguiente se quejaba al maestro de que le habíamos molestado, los problemas podían ser gordos. Igualmente dado lo apartado del ensayo, para algunos de nosotros fueron los tiempos de los primeros cigarrillos comprados a granel por el módico precio de cuatro cigarros una peseta, al que no tenia dinero para comprar tabaco se le dejaban dar unas “pipadas”, con la condición de que las devolvería cuando él tuviera cigarro. Alguna vez aquellos ensayos terminaban a pedradas con los muchachos de alguna otra cuadrilla que también quería el mismo lugar para ensayar o simplemente con zagales que lo único que querían era molestar. Algún tambor acabo con el agujero de la piedra, luego el follón que se montaba con participación de algún padre al que reclamaban el estropicio ocasionado por su hijo, era de los buenos.

La autentica pasión por el toque del tambor se despertó en todos nosotros cuando comenzamos ha ejecutarlo de manera aceptable y a unir diferentes toques y formas de hacerlo, era lo mas y si ganábamos en el concurso, cosa que ocurrió un año, no hay mas que hablar. Aquella copa, aquella tarta, aquellos refrescos y aquella bolsa de chupa-chups, fueron el premio entre los premios, pero sobre todo la copa, que estuvo todo un año dando vueltas de casa en casa. Que orgulloso me sentía yo mirándola en mi casa el tiempo que me toco tenerla, por supuesto hice que mi madre la colocara en lugar preferencial y que mejor lugar que sobre la televisión. Creo que los muchachos de hoy lo viven muy parecido.

Aquella Semana Santa dejamos a ratos a la cuadrilla de los amigos, que es con quien se toca en Hijar y nos juntábamos los del concurso para tocar nuestra marcha y lucirnos por las calles del pueblo.

Otro de los momentos de cambio en los hijaranos, es cuando la familia te permite por que ya cree que tienes suficiente edad, permanecer tocando toda la noche del Jueves Santo. Pasas la tarde con los amigos hablando de tambor, de tocar, de la procesión, del alcalde que baja la bara, del lugar que vas a ocupar para romper la hora, no hay otro tema. Se va a los Oficios y el toque de alabarderos cuando conducen a Cristo al monumento pone a todos en trance para lo que se avecina. No digamos cuando una hora antes nos llamábamos por las casas y juntos íbamos a la plaza, alrededor de la farola. Comenzábamos anchos, pero así como iba llegando gente y sobre todo los mayores, nos iban apretujando hasta el extremo de que alguno de nosotros casi terminaba bajo algún tambor o bombo del vecino de turno. Como nos emocionábamos, aunque lo de la emoción también es cosa de hoy.

No digamos cuando comenzábamos a ir de casa en casa y nos tomábamos un trago de anís o coñac acompañando alguna torta o pasta que preparaba la madre, que mayores nos hacia sentir.

Aquellas procesiones, que bien mirado son iguales que las de hoy, solo que aquellas vistas por los ojos de un niño, la perspectiva cambia. La de Los Despertadores, el viernes Santo a la dos de la madrugada, recorrer las calles de noche, parar a escuchar el canto de Los Despertadores, pasmarte de frío en San Antón, reconfortarte en la plaza de la Villa primero y luego en el rincón de alguno de los bares que permanecían abiertos, entre una cosa y otra, vueltas al pueblo tocando, que grande era aquello.

La Bajada de Imágenes desde el Calvario a la Iglesia, gentes y gentes por todas partes para ver pasar la procesión y esta a su vez con tambores y más tambores, bombos y más bombos, “pianas” y más “pianas”. A tocar se ha dicho compuestos y de buena gana, a vencer al sueño y al cansancio. ¡Que mayores!, toda la noche tocando y mírales.

El Pregón, vuelta al pueblo para que Mosen Antonio lanzara al aire en cada esquina, en cada plaza, su; “Almas cristianas, almas redimidas por la sangre de Jesús, saber que esta tarde, a continuación de los oficios litúrgicos, se dará principio a la explicación y meditación, de Las Siete Divinas Palabras, que hablo el Señor, en el Santo Arbol de la Cruz  y al Santo Entierro, de nuestro Soberano Maestro Jesús Nazareno. Su triste y desconsolada Madre, espera de nuestra piedad, la acompañemos en sus fúnebres lutos y soledades. En este supuesto, os amonesto y exhorto, concurrais reverentes como obsequiosos, a tan piadosa y devota como debida obligación”. Los tambores callan y algunos aprovechan para descansar, la vuelta al pueblo se hace larga, si hace calor la cabeza pica con la capucha.

Terminada la procesión más vueltas al pueblo tocando hasta llegar a la hora de El Entierro, la procesión de la que los hijaranos se sienten más orgullosos. Todo es majestuoso, serio. En la noche, tras las filas de tambores y bombos, los pasos iluminados, engalanados con las más diversas flores, adquieren una solemnidad fuera de lo común, incluso se apodera de los que están viendo desde fuera. Son momentos diferentes.

Hasta hace unos años, las mujeres salían a romper la hora esta noche, por aquello de la prohibición de hacerlo como los hombres el resto de la Semana Santa. A las doce de la noche se congregaban en la plaza de la Villa y medio reivindicativo, medio por gusto de tocar rompían de nuevo la hora y daban sus vueltas al pueblo. Algunos muchachos jóvenes se juntaban a ellas medio por tocar, medio por tratar de ligar. Durante muchos años este fue un punto de fricción en Hijar, muchas veces mas alimentado por gente de fuera que defendía algo que no llegaba a comprender, puesto que las propias mujeres hijaranas estaban divididas entre el salir o no hacerlo, los hombres igualmente divididos. Alguna pluma se metió en esto y metió la pata, por no conocer el tema de cerca. Eran problemas internos de un pueblo en el que no sentaba nada bien que alguien de fuera se metiera donde no le llamaban. Incluso en lo legal había desacuerdo, unos que había que respetar la mayoría y la tradición, no salir las mujeres. Otros que es un derecho constitucional y la igualdad de sexos. Un buen día todo se olvido, todos salieron a tocar, hombres y mujeres, y todos aquellos agoreros que visionaban lo peor tanto en un sentido como en otro, todavía no se han enterado que aquí no paso nada y que todos andamos juntos.

Llegamos al Vienes Santo a media mañana, la procesión de La Soledad, la cuadrilla de amigos de nuevo se reúne, participa en la procesión, escucha el sermón que un predicador lanza desde un balcón, en la plaza de San Blas, sobre la Soledad de la Virgen. Terminada la procesión la cuadrilla junta encara la recta final de la celebración. Tocan a gusto, contentos, con ganas, recorren una vez mas las calles del pueblo, se cruzan con una y otra cuadrilla que al igual que ellos, siente lo mismo, hace los mismo, no toca lo mismo, aunque en el cruce entre ambas puede ser que las dos salgan tocando lo mismo, si una de ellas se hace oír mas que la otra, la que sea mas floja saldrá seguramente con el toque de la fuerte. Son duelos y duelos que se dan en las calles del pueblo una y otra vez, pero esta tarde, la tarde del Sábado Santo, estos duelos entre cuadrillas tienen un sabor especial, la gente esta rodada y con ganas, los tambores y bombos suenan mas y mejor. Incluso en la procesión de Subir las Imágenes, se nota, se nota una lentitud en el andar que los lleva al Calvario, es como si nadie quisiera llegar, como si los tambores que en todas las procesiones han tirado de los pasos en estos momentos frenaran su caminar para hacer el ultimo tramo más duradero. Imágenes al Calvario en el atardecer, tardaremos todo un año en volveros a ver. Los tambores paran a ambos lados de la cuesta y siguen tocando con fuerza hasta que llega a su altura el primero de los pasos, ahora si se ha terminado el toque, el redoble, el zambombazo, se acabo, el silencio se hace mas intenso, tal es, que el caminar de “los pianeros” y el vaiven de “las pianas”, se hace audible. Con el tambor o el bombo en el costado, vuelto del revés, tomamos la cuesta abajo que nos lleva a casa, y a ti tambor al saco, al baúl.

Todos estos sentimientos viejos y nuevos son difíciles de describir, hay una frase que apareció hace unos años en Hijar que es; “ Semana Santa de Hijar, como siempre, como nunca”. Creo que describe perfectamente lo que es esta celebración, siempre es igual, pero siempre es diferente. Así lo pueden atestiguar todos los que la viven año tras año, los que año tras año tratan con su cámara de coger esa imagen que nunca consiguen en todo su deseo y que tendrán que esperar todo un año a intentarlo de nuevo. A los que la viven desde su óptica religiosa. A los que la viven desde su óptica folclórica. A los que juntan ambas.

Si uno se coloca a un lado y ve pasar la procesión o sencillamente a las cuadrillas fuera de ella, aunque es más recomendable en la procesión, se puede ver parte del pasado, túnicas viejas, pardas, que conservan en su “capucha” los agujeros para ojos, nariz y boca de cuando los tocadores llevaban la cara tapada, tambores de diferentes épocas pasadas, pieles, cuerdas y llaves. Esta el presente, túnicas de raso con un negro brillante y lustroso, tambores con bordoneros modernos y pieles de plástico. No se ve el futuro, pero seguro que nuestra Semana Santa  será como siempre a sido, agradable, esperada, misteriosa, nostálgica,…

Pero la Semana Santa de Hijar también es de manera muy importante, amistad. Los amigos se juntan en esas fechas por que se sienten bien tocando juntos, no hay que hablar mucho, no hay que contar demasiadas cosas, se esta junto por que se esta bien, por que son las fechas que los que están fuera eligen para regresar unos días, por que la túnica y el tambor nos iguala, por que todos somos mas tolerantes con quien se junta a tocar con nosotros, son muchos los porqués y son muchos los motivos.

Hay dos formas de participar en los actos y que se salen de lo típico que es tocar el tambor o el bombo. Dos formas que unen a la personas, dos formas que me apasionan. Una son “Los Pianeros”, la otra “Los Alabarderos”. Aquí están.

Un buen día, tomando unas copas en un bar, con los amigos, hablábamos de las cosas que unen y hacen que las relaciones entre las personas sean mejores. Así como estabamos hablando, se acerco un muchacho al que al parecer ninguno de los allí presentes conocíamos a excepción de Faustino, y tras saludarse efusivamente comenzaron a charlar como si se conocieran de toda la vida. Cuando el muchacho se fue, le preguntamos si era del pueblo y quien era, a lo que nos respondió que era un muchacho con el que iban juntos en la “piana”, que era familia de tal y tal, y que venia poco al pueblo, pero que no se perdía la Semana Santa. Visto esto seguimos con nuestra conversación y llegamos a la conclusión de que una de estas cosas que unen a las personas en nuestro pueblo, es el llevar la “piana” en Semana Santa.

Hay diferentes procesiones, y tan solo en tres de ellas salen todas las “pianas” que hay en este pueblo. Si contamos el tiempo que las mencionadas “pianas” están en la procesión  vemos que la mayoría, que son las que menos salen, no tienen mucho mas de cuatro horas de participación. Cuatro horas en todo un año, sin embargo crean unos lazos tremendamente afectuosos entre las personas que pertenecen a una misma “piana” e incluso con la de delante y la de detrás. Voy a tratar de explicarlo.

En Hijar, la mayoría de las “pianas”, son llevadas a hombros, se calcula que cada “pianero” vendrá a soportar unos 50 Kg., claro que en los movimientos, cargas y descargas, muchas veces son bastantes mas los que se soportan, por lo que son necesarias bastantes personas, para que a lo largo del recorrido de la procesión, se puedan dar relevos y hombros y riñones respiren. Lo normal son los necesarios para que todas las trancas queden cubiertas, mas entre medio y un relevo completo, cuyo numero dependerá de las personas que son necesarias para transportarla, pueden ser desde cuatro hasta un máximo de dieciséis, dependiendo del tamaño de la “piana”. Antes de la guerra de 1936, todas eran pequeñas y poco pesadas, por lo cual las portaban entre cuatro personas, posteriormente, al ser más grandes se tuvo que aumentar el numero de “pianeros”, y con ello aumento la cuadrilla y el ambiente.

Cuando los muchachos llegan entre los dieciséis y dieciocho años, es cuando por diferentes motivos se incorporan a las “pianas”, unas veces porque tienen algún conocido en alguna de ellas que los invita a incorporarse, otras veces por que el abuelo y padre ya la llevaron y ellos son el relevo generacional, (aunque pocas veces, alguna vez se ha dado ver en una misma “piana” al padre y al hijo en la tranca y al nieto llevando el estandarte, con lo cual tres generaciones se juntaban) otras veces por que tienen ilusión de participar llevando una de las “pianas” y ya sea por que es la que les gusta o porque es la que anda necesitada de gente, allá que van. Habitualmente los jóvenes en la más común de las incorporaciones la hacen varios miembros de la cuadrilla de amigos, arrastrados unos por otros, con lo que el ambiente en francamente bueno.

Pero he aquí lo más curioso, gentes se incorporan y gentes ya están, gentes muy jóvenes y gentes maduras, gentes que tienen relación entre ellos y gentes que no la tienen.

Cuando uno llega el primer día a la “piana”, busca a la persona  que lo introduce en ella y esta hace las diferentes presentaciones a los ya veteranos que los reciben con las primeras palabras agradable.

Eso es bueno, que venga gente joven dice uno.

¿Estas (o estáis) fuerte o que?

Venga, dejarle la tranca buena, que para eso es nuevo, que se foguee.

Son muchas las cosas que se dicen y que se hacen dentro de un buen ambiente como el que reina en este circulo de personas.

La organización es la justa, nunca excesiva, según la “piana” que se lleve cada cual sabe cuando y de que manera tiene que acudir a cargar con ella. En algunas se suele comenzar con un buen almuerzo basándose en huevos fritos con….. en el restaurante del Calvario, allí comienzan los primeros contactos, entre los veteranos que reanudan la conversación que quedo interrumpida el año pasado y alguna nueva incorporación que va entrando con buen pie en el ambientillo. Tras charradas y charradas, se paga el almuerzo a escote y a sacar la “piana” a la calle.

Si no esta la “piana” completa, sé hecha mano de los que hay por allí para que ayuden a sacarla, después los unos tendrán que ayudar a los otros. Ya esta la “piana” fuera y en su lugar de arranque para la procesión, ahora toca la segunda charrada del día, apoyados a la tranca, bien sobre el peso que es mayor que el del año pasado por haberse engordado las figuras, bien por lo que pasa alrededor, sobre todo si es alguna moza guapa.

Ya están las “pianas” formadas y la procesión va a tener lugar.

Cada cual a su tranca, el más veterano que hace de jefe coloca a los nuevos para que ocupen un lugar que les vaya bien a ellos y al conjunto, según la altura y al hombro que carguen. Todos colocados, el ministro se acerca y manda ponerse en movimiento, suena el pito la primera vez, todos preparados y agachados con el hombro en la tranca, suena el segundo pito casi seguido, fuerza y arriba la “piana”, comienza la andadura por las calles del pueblo con la “piana” al hombro, de trecho en trecho se ira deteniendo para descansar y hacer algún relevo en el equipo, también la parada se hace a golpe de pito, el primero para detenerse y el segundo para bajar la “piana” al suelo.

Durante la parada diferentes comentarios y propuestas de mejora para hacer el peso mas repartido y llevadero, los de la “piana” de detrás se han quedado muy atrás o los llevamos pegados, cambio de impresiones con ellos para guardar una distancia de procesión, llega uno de la de delante con la misma cantinela, cambio de impresiones y sin que de tiempo a terminar la conversación suena el pito, todos a sus puestos y a continuar.

Durante la procesión, algunas de las personas que la contemplan a los lados de la calle tienen palabras de aliento y animo para los esforzados, los que quedan libres de la tranca, hacen el tramo de recorrido en animada conversación.

Se llega al final de la procesión, se mete la “piana” a la Iglesia, se deja bien colocada para que quepan las demás y “pianeros” para fuera, se detienen a ver llegar a las “pianas” restantes y de allí marchan en grupos grandes o pequeños a tomar una cerveza y a seguir con la conversación, después cada uno por su lado hasta la siguiente procesión.

La Semana Santa para los pianeros, suele terminar con la cena de la noche del Sábado Santo, la camaradería se hace dueña del ambiente y los bocados, tragos, gritos, cantos y un largo etc. de hechos hacen de esta celebración un momento realmente esperado por todos los que participan en eso de ir con la “piana” al hombro.

Pasada esta noche, muchos de los concurrentes no volverán a verse hasta el año próximo, pero eso si, su encuentro será como el que no se ve desde ayer, el resto del año no habrá pasado en esta relación tan singular y tan especial.

Alabardero, es el portador de alabarda. La alabarda es un arma ofensiva que consta de un mango de madera de unos dos metros de largo y de una moharra, que es una cuchilla transversal por un lado y una cuchilla con forma de media luna por otro, por supuesto termina en una punta de lanza en su extremo.

Los alabarderos eran un cuerpo especial de infantería que daba guardia de honor a los reyes de España, y cuya arma distintiva era la alabarda. Este cuerpo fue creado por Fernando el Católico en 1505 y fue disuelto en 1931.

En Hijar, se llama alabarderos a los soldados romanos que acompañan a las procesiones en Semana Santa, no llevan alabardas y reciben el nombre tanto los de la banda de cornetas y tambores, como los centuriones, abanderado y lanceros, todos se agrupan bajo esta denominación e incluso cuando toman parte en cualquier acto sin vestir de romano, siguen siendo los alabarderos. Se puede decir que el que forma parte de ellos durante un buen numero de años, se le reconoce como alabardero para toda la vida, ya no hablemos de los que dirigen al grupo, la palabra alabardero es un complemento importantisimo a la hora de nombrarlo, ( Jorge el que fue alabardero, Ernesto el que es alabardero, así un largo etc.).

A finales del siglo XIX, que es donde hemos encontrado alguna mención a estos, ya se dice que era una tradición muy antigua y que llevaban barba postiza, que la banda de cornetas y tambores era reducida y que los lanceros llegaron a ser unos cincuenta.

Describir los componentes es algo que se viene haciendo habitualmente. Abre la formación la banda de cornetas y tambores con trajes de badana, les sigue el centurión con su cuchillo, el abanderado con su lanza estandarte donde se pueden ver además de los diferentes motivos característicos de Roma, en números romanos, IV, que era el numero de la legión que se hallaba en Jerusalén cuando la muerte de Jesús, su piel de lobo sobre el hombro, símbolo de la loba que amamanto a Romulo y Remo, fundadores de Roma, es el mas vistoso y el que mas llama la atención de toda la formación, a ambos lados los litores, con sus hachas y baras, seguido, toda la formación de lanceros.

Los trajes que hoy vemos fueron diseñados por Luis Monzón Mosso, 1921, con lo que cabe suponer que los primeros que tomaran parte en las procesiones serian diferentes, y quien sabe si lo que hoy son lanzas entonces serian alabardas, se les aplico el nombre de alabarderos y luego a pesar de los cambios y de dejar de portar las alabardas se les siguió denominando alabarderos. También cabe que si los que escoltaban a los reyes de España eran llamados alabarderos, los que escoltaban al rey de los cielos en las procesiones hijaranas, recibieran el mismo nombre, y quien sabe si haya aun algún otro motivo por el que reciban este nombre. De todas las formas es lo de menos, en Hijar se les llama así por el motivo que sea y además lo que es más importante de todo, con cariño y con orgullo.

Son muchas las personas que han pasado por los alabarderos a lo largo de tantos y tantos años en sus diferentes facetas, ya sea en la banda o en la tropa. La banda es algo más estable, ya que se requiere tocar correctamente los instrumentos, con los pertinentes ensayos, la tropa, quitados los puestos de mando, salvo contadas excepciones, es algo mucho mas cambiante, pues están desde los que llevan años y años de lanceros, hasta los que se colocan el traje para una sola procesión. Esto siempre ha creado lazos de unión entre las personas que han tomado parte en ello, algunos verdaderamente fuertes y perdurables.

Me contaron que de toda la vida, no demasiado larga,  la banda ensayaba todos los días de la Cuaresma, y que los pertenecientes a ella, esperaban estos días con anhelo, era tiempo de juntarse y al amparo de los ensayos pasar ratos agradables juntos. Hasta 1936, no había banda, o mejor dicho era muy reducida, pues la componían uno o dos trompetas que hacían de cornetín de ordenanzas, no tocaban estas marchas tan bonitas que hoy oímos, y los tambores en numero de tres o cuatro batían marcha todo el tiempo para acompasar el paso de la tropa. Fue  apartir de la década de los años 40 cuando en Hijar se formo una banda de trompetas y tambores del Frente de Juventudes, fue tal el empeño que pusieron aquellos primeros tocadores que en 1944 ganaron en Teruel un concurso de bandas. Seguidamente los acontecimientos se precipitan y Manuel Ferrer “El Jorge”, que había aprendido a tocar la trompeta con Carmelo Ainsa “El Chorreta”, y pertenecía a los alabarderos, vuelve de la mili, allí ha aprendido un montón de toques que va enseñando a sus compañeros, la banda de alabarderos crece y también el repertorio se hace más amplio e interesante con marchas muy bonitas, que con ensayos irán sonando cada vez mas y mejor por las calles de Hijar. Los ensayos tenían lugar en las escuelas de la cuesta de la Iglesia, allí acudían al anochecer y se procedía a repetir una y otra vez los toque que luego tendrían que interpretar por las calles del pueblo en unas fechas tan especiales para todos. Entre toque y toque, charradas y algún trago que otro de aquella botella que se quedo guardada del año pasado, o de esa que ha traído fulano o de esta otra que se ha comprado a escote. Hay que remojar la boca y “hacer morro”, los primeros días casi se puede decir que “morrazos”, a los nuevos se les dice que hay que poner bien los labios y “peder”, algunos hacen tanta fuerza que lo hacen, pero por su lugar natural, otro va a enderezar la trompeta con la fuerza que  sopla, al de mas allá se le llena la trompeta de saliva continuamente y tiene que parar a baciarla. Con el tema de marcar correctamente el paso, también hay su cachondeo con los que no consiguen acompasarlo. Por supuesto hay muchas bromas de los veteranos a los nuevos y el ambiente es bueno, aunque como en toda casa que se precie también hay sus diferencias, que a menudo se terminan de arreglar en el bar más cercano una vez concluido el ensayo del día. Algunos días son tantas las ganas que se le cogen a eso de la charrada de arreglar este mundo y si es posible también el de alado, que se llega a casa de madrugada.

Una vez llegada la Semana Santa, los trajes ya llevan unos días limpios y listos, las corazas han salido del saco donde se guardaron colgadas todo el año y relucen. El día del estreno es el Martes Santo con la procesión de las Platicas, todavía no se esta en plena celebración y los lanceros no están en todo su numero. Un rato antes de la procesión han ido acudiendo a las escuelas y han tenido lugar los primeros saludos después de un largo tiempo sin verse algunos, también se han echado al cuerpo las primeras copas de lo que quedo del pasado año, además de unas cajas de pastas que ha traído el jefe. Calzoncillos bien puestos y bien sujetos. Albarcas igualmente bien apretadas, (cuidado con los chispazos que saltan al marcar el paso restregándolas con fuerza contra el suelo). La blusa hay que dejarla a la medida, un cinturón y una buena mano harán maravillas, tirón por aquí tirón por allá, a la medida. La coraza ajustada con las evillas de los costados y haciendo la “rata” de reluciente que la han dejado al limpiarla. La espada va larga, no hay problema un nudo bien hecho y justa. Llega el turno del casco, y aquí todo son cachondeos y risas, las medidas son de lo más curioso, por supuesto, ¿donde esta el problema?, pues en ningún lado, a los de la cabeza gorda se les aprieta un poco y listo y a los de cabeza pequeña unas hojas de periódico se la dejan a medida. Unos golpes secos con el mango de la lanza en el suelo, un vistazo del jefe que pasa revista y nuestros alabarderos están listos para mil y una batallas.

Después de unos preparativos llenos de bromas y cachondeo, llega el momento de la seriedad, llega el momento de las celebraciones religiosas, llega el momento de no pestañear, de no respirar, de máximo respeto. Desde los oficios hasta cualquiera de las procesiones, estos soldados sacados de su tiempo, participaran en cada una de ellas imponiendo su saber estar y su buen hacer.

Los alabarderos tienen multitud de historias, multitud de anécdotas de todo tipo, que van desde las pasadas por tertulias, juergas, viajes, etc. hasta las pasadas cuando hay cualquier problema y todos arriman el hombro. Y es que en este nuestro pueblo, todos somos un poco católicos, apostólicos y alabarderos.

La actual formación no es sino la continuación de una ilusión, de una tradición, de una amistad, de tantas y tantas cosas que son difíciles de explicar, pero que ahí están. Los muchachos que fueron enseñados por “El tio Jorge”, a lo largo de tantos años, tienen ahora la mejor forma de recordarlo y agradecerle sus enseñanzas, participando y luchando por conservar y mejorar aquello por lo que él  lucho y  sacrifico.

Por todo lo anterior escrito, no queda, sino desear que por siempre a las gentes se les ponga la carne de gallina, se les encoja el pecho y se quieran asomar a sus ojos unas lagrimas de emoción al ver pasar ante ellos y escuchar en medio del más espeso de los silencios, ese tambor que redobla un alabardero.

Luna llena de abril, amaneciendo, la luz comienza a entrar por el balcón, es clara y azulada.

Pascual Ferrer Mirasol

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