Las Secuelas del Golpe Militar del 18 de Julio en Aragón

La Guerra Civil en la que se vio inmerso Aragón, como consecuencia del fracaso del golpe militar iniciado en la tarde del 17 de julio de 1936 en tierras africanas, es un acontecimiento clave de nuestra historia del siglo XX, de manera que hay un antes y un después.

Tropas italianas desfilando por la Calle Mayor de Alcañiz, 1938.

(…)

Todos los cuarteles que dependían de la región militar, exceptuado el de Barbastro, secundaron el levantamiento contra la República,  iniciado en Zaragoza por el capitán general Cabanellas en la madrugada del 18 al 19 de julio, y continuado en Huesca por el comandante militar Gregorio de Benito y en Teruel por el comandante de infantería Virgilio Aguado. Los obreros aragoneses sin armas por las dudas del gobernador civil de Zaragoza, Vera Coronel, como los de Teruel y Huesca, a pesar de la huelga general convocada por las directivas dela UGT y la CNT no pudieron defender la legalidad del régimen. La caída de Zaragoza en manos de los rebeldes por su situación estratégica fue clave para que no fuera abortado el golpe. El terreno rebelde se iba incrementando, ocupando el centro y oeste de Aragón. Todo cambió con la irrupción de las columnas llegadas desde Cataluña y Valencia, que recuperaron casi la mitad  del territorio aragonés. Ya el 21 y 23 de julio salieron desde Barcelona algunos grupos de militantes dela CNT y voluntarios para recuperar Zaragoza. Las primeras grandes columnas organizadas por las fuerzas obreras salieron de Barcelona el día 24, entre las que destacan: la de Durruti, la de Ortíz, la de Carlos Marx, la del POUM, la de Ascaso. A mitad de agosto saldrán de Valencia hacia Teruel las columnas: la de Torres-Benedito, Eixea-Uribes, la de Hierro. A partir de este momento Aragón quedó partido en dos con una similar extensión: la zona rebelde, la occidental, suponía algo más del 60% de la población, con las tres capitales de Zaragoza, Hueca y Teruel y la casi totalidad de la industria; y la zona leal, la oriental,  con algo menos del 40% de la población y las cuencas mineras, siendo su capital de Caspe. Situación que se mantuvo hasta el final de guerra en Aragón.

Se desencadenó una represión brutal en ambos lados. Con la guerra se inició una caza del hombre que generó más muertes que el campo de batalla. En el lado rebelde fue una represión institucionalizada y extremadamente violenta iniciada en el primer momento y mantenida tras la guerra, totalmente planificada, según las Instrucciones de 25 de mayo de Mola, “Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo” especialmente dirigida contra gobernadores, diputados, alcaldes, concejales, maestros y obreros aragoneses comprometidos con el proyecto republicano. Entre ellos cabe destacar la figura del socialista y teniente-alcalde Zaragoza, Bernardo Aladrén.

En el lado republicano hubo una represión espontánea y descontrolada en los primeros meses debido al vacío de poder,  ejercida sobre todo por miembros de las columnas llegadas desde Cataluña en las que no faltaba la delincuencia común, dirigida contra partidarios del golpe, propietarios, miembros de sindicatos católicos o partidos de derechas y clérigos. Los dirigentes republicanos, por lo general, intentaron pararla. Indalecio Prieto, en las páginas de El Socialista, el 9 de agosto de 1936, decía: Por muy fidedignas que sean las terribles y trágicas versiones de lo que está ocurriendo en tierras dominadas por nuestros enemigos… no imitéis esa conducta, os lo ruego, os lo suplico. Ante la crueldad ajena, la piedad vuestra..ante los excesos del enemigo, vuestra benevolencia generosa… ¡No los imitéis! Además del ataque a las personas se quemaron los archivos donde se guardaban las escrituras de propiedad, se destrozaron imágenes religiosas y muchas iglesias se convirtieron en almacenes o garajes.

En el lado rebelde se inició un proceso contrarrevolucionario. Se impuso un régimen que defendía un férreo control político, protagonizado por los militares con el apoyo incondicional de la iglesia, que trató de apuntalar la sublevación considerándola como “cruzada”. Se anuló toda la legislación  de reformas republicanas a  nivel agrario, religioso, autonómico, militar, de avances sociales como el divorcio y derechos socio-laborales, tratando de volver a los valores tradicionales y de defender a los sectores privilegiados: terratenientes, militares, iglesia, banqueros.

En el lado republicano en muchos pueblos se crearon comités antifascistas locales, a instancias de la llegada de las milicias anarquistas, que aprovecharon la situación extraordinaria de la guerra para iniciar un proceso revolucionario: el nacimiento de las colectivizaciones agrarias, que supuso la explotación común de la tierra. Supuso un avance para los campesinos pobres y los trabajadores, se mejoraron las condiciones laborales y hubo una gran preocupación por aspectos sociales como la sanidad, la educación, la cultura, la atención a las personas mayores y desprotegidas. Este proceso con sus aspectos positivos, no estuvo exento de discrepancias entre los colectivistas y los individualistas. Igualmente para encauzar el proceso revolucionario, controlar los excesos de las milicias y dirigir la economía en la retaguardia en aras del abastecimiento en el frente, se creó el 6 de octubre de 1936, el Consejo de Aragón, controlado por militantes anarquistas dela CNT, cuyo primer presidente fue Joaquín Ascaso. Esta institución estuvo muy pronto en el punto de mira del Gobierno dela República, por lo que tras los acontecimientos de mayo del 1937 en Barcelona, el gobierno de Negrín lo disolvió en el verano del mismo año con el objetivo de unificar fuerzas para ganar la guerra.

Desde un punto de vista bélico, hasta el final de la guerra que en Aragón duró poco más de dos años, el frente se mantuvo muy estabilizado, lo que no es óbice para que aquí se produjeran algunas batallas de gran envergadura: en el verano del 1937 las de Huesca, de Zaragoza y de Belchite. Del 15 de diciembre del 37 al 22 de febrero del 38 la terrible batalla de Teruel, donde murieron decenas de miles de hombres por los combates y por las temperaturas de hasta 22 grados bajo cero, que se inclinó hacia el lado rebelde por la superioridad de la aviación. A partir de marzo de 1938 la gran batalla de Aragón, desde la frontera francesa hasta el sur de Utrillas con un gran despliegue de hombres, armamentos y aviación, con el objetivo de llegar al Mediterráneo y cortar en dos la zona republicana, objetivo conseguido con la llegada a Vinaroz el 15 de abril de 1938. La resistencia republicana enla Bolsa de Bielsa se mantuvo hasta el 16 de junio de 1938. Luego llegaría la ofensiva final franquista en el Maestrazgo y en la batalla de Ebro. Tal como señala José María Maldonado, durante la Guerra, los bombardeos ocurridos en Aragón fueron continuos y en aumento. En 1936 hubo 170 bombardeos, en 1937 llegaron a 839 y en 1938 sumaron 1.243, que supone una cifra total de 2.252. De esta cantidad, el 72% (1.610), fueron realizados por los aviones rebeldes; los republicanos, por su parte, llegaron a los 642, lo que representa un 28%. Algunos de ellos sobre las poblaciones de retaguardia, alejadas del frente, y que no tenían interés militar alguno, a no ser otro que el imponer el terror a la población civil, por lo que los califica con buen criterio auténticos asesinatos. Por parte de la aviación republicana cabe destacar los realizados sobre la ciudad de Zaragoza de los días 3, 6 y 13 de mayo de 1937, con 58, 3 y 13 muertos respectivamente. El bombardeo sobre la basílica del Pilar del día 3 de agosto de 1936, no fue tal milagro, ya que desde la distancia que las bombas fueron lanzadas era imposible que pudieran explotar. La ciudad de Huesca, sería bombardeada en 137 ocasiones, con unas víctimas de 83 muertos y 97 heridos. La ciudad de Teruel fue atacada por aire 85 veces, con un número de muertos recogidos en el Registro Civil de 41. Por parte de la aviación rebelde, el del 3 de noviembre de 1937 en Barbastro superó los 2 centenares de víctimas. El más cruel fue el realizado en la ciudad de Alcañiz (El Gernika aragonés) una tarde soleada del 3 de marzo de 1938, por los  aviones Savoia-79 italianos que provocaron varios centenares de muertos. Híjar en los primeros días de marzo de 1938 fue masacrado a conciencia con 8 terribles bombardeos por parte dela Legión Cóndor alemana, y en uno de ellos murieron 28 hijaranos asfixiados en un refugio al ser taponada la entrada por una bomba.

Con el final de la guerra, no llegó la paz,  Aragón se vio sometido a una  larga y durísima dictadura, que supuso muerte, represión, condenas y el exilio para muchos aragoneses: “La larga noche de piedra”  la define el gran poeta gallego Celso Enrique Ferreiro. Se calcula  que se exiliaron más de 90.000 aragoneses, aunque muchos volvieron al poco tiempo huyendo de los campos de concentración franceses y atraídos por un perdón que no llegó a cumplirse.  Marcharon a Venezuela, Estados Unidos, Cuba, Argentina. El país que más se benefició fue Méjico ya que allí llegaron figuras como Mantecón y Vicéns del Valle expertos en el mundo de la biblioteconomía, y donde se publicó por aragoneses la revista Aragón, Gaceta Mensual de los Aragoneses en México. La lista sería interminable como Ramón J. Sender, Benjamín Jarnés, Manuel Albar, Manuel Sánchez Sarto, Rafael Sánchez Ventura. Odón de Buen. En definitiva, lo mejor del mundo de las ciencias y las letras aragonesas no tuvo otra opción que el exilio.

Cándido Marquesán Millán

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